Toda la historia de la humanidad ha sido una lucha entre la sabiduría y la estupidez. Los ángeles rebeldes, los seguidores de la sabiduría, han tratado siempre de abrir las mentes; la Autoridad y sus iglesias han tratado siempre de mantenerlas cerradas. Y durante la mayoría de ese tiempo, la sabiduría ha tenido que trabajar en secreto, susurrando su palabra, moviéndose como un espía a través de los lugares humildes del mundo, mientras que las cortes y los palacios son ocupados por sus enemigos.

martes, 2 de septiembre de 2014

Teorizar con el martillo

En 1889 se publicó “El crepúsculo de los ídolos”, del filósofo alemán Friedrich Nietzsche, cuyo subtítulo, “o cómo se filosofa con el martillo”, era una manifestación clara de la intención provocadora del autor. El propósito de Nietzsche era ambicioso pero muy sencillo en términos de sus pretensiones: su filosofía tenía que ser un martillo con el cual echar abajo a golpes los cimientos culturales de la Europa occidental de fines del siglo XIX, en particular, contra el cristianismo y su moral. El subtítulo (y toda su obra, por cierto) es una toma de partido, un posicionamiento en un campo de disputa. Y no sólo una ubicación, sino que una declaración de guerra abierta, sin concesiones, sin puntos intermedios, pero también muy honesta y transparente, contra todo aquello que Nietzsche consideraba erróneo o enfermo en la sociedad en la que le tocó vivir. Más allá del contenido mismo de la obra del filósofo alemán, o de los usos que posteriormente se le puedan haber dado a ésta, vale la pena rescatar esos dos elementos.

1°: la toma de partido

Como decíamos, Nietzsche toma partido. Toma partido en oposición a la dominación cultural del cristianismo, contra el cual le dirige prácticamente todo el arsenal con el que cuenta: una extensa y potente obra filosófica. A más de 125 de la publicación del texto mencionado, la toma de partido es algo escaso. ¡Y cómo no! La consecuencia del derrumbe de los socialismos reales fue que el capitalismo pasó la aplanadora (o retroexcavadora) para anular política, teórica e ideológicamente a la única alternativa que había osado hacerle frente: el socialismo. En lugar de un campo de disputa, hoy queda un terreno estéril, pacificado, sin trincheras. Esto ocurre porque la enseñanza brutal que dejó todo esto es que el socialismo no es una alternativa, por haber demostrado ser, además de brutal y sanguinario, ineficiente en términos productivos. En ese caso, ¿quién va a querer ubicarse en sus trincheras? De esta manera, el campo unificado que queda, asfixiado por la idea hegemónica del fin de los metarrelatos y el fin de la historia, no es campo de toma de partido, pues se han diluido todos los gérmenes de conflictividad teórica y política a su mínima expresión, a meras diferencias respecto a detalles técnicos o comunicacionales (de marketing).
Frente a ese panorama político, en el campo de las ideas nos encontramos, por una parte, con el abandono de la pretensión de comprender la realidad en la que vivimos, inventando una serie de conceptos para ello (modernidad líquida, sociedad del riesgo, etc.). Por otra están todas esas modas filosóficas que empiezan con “post” (postmodernismo, postmarxismo, postestructuralismo), desesperadas por superar y desmarcarse de todo lo anterior a ellas. La situación en común es el evitar tomar partido. Los defensores de estas ideas, que tengan sentimientos de izquierda (sobre todo los “post”) podrán salir al paso, indignados, a decir que dichas corrientes de pensamiento son críticas de la realidad y herramientas para la crítica social. Siendo muy generosos, podemos conceder el punto. Sin embargo, ya sea bajo el argumento de que la complejidad impide entender a cabalidad la sociedad –y, en consecuencia, no se puede levantar una crítica sólida- o bajo el argumento de una crítica “radical” a todo, lo que queda en definitiva es un no tomar partido por nada. No se toma partido porque es indeterminable o porque todas las opciones son malas. Al final nos encontramos con el nihilismo (creer en nada) por debajo, el cual subyace a estas modas teóricas impidiendo que tengan un potencial de transformación. Porque el nihilismo se conforma (o se constituye) con la mera denuncia, o la pataleta teórica, nunca como la toma de partido, la cual exige creer en algo.
La crítica nihilista, la crítica que no toma partido, no es más que una rabieta en la que no hay voluntad de transformación de la realidad, porque la realidad se cambia –valga la redundancia- en la realidad, no en el mundo de las ideas. Ciertamente necesitamos ideas para cambiar la realidad, pero es inevitable el paso de meterse en la realidad. Y ese involucramiento con la realidad es la política, porque para cambiar el mundo no bastan las declaraciones y los testimonios, por muy radicales y puros que sean; el mundo se cambia con la política. Y como ésta se involucra tan íntimamente con la realidad, es sucia, complicada y conlleva innumerables riesgos, ya que al exigir tomar partido existe la posibilidad de encontrarse en el bando que pierde, que es derrotado, que se equivoca y falla en sus objetivos. Pero el que no salta, no cruza el río, y para transformar, hay que ensuciarse las manos, meterse al barro.
¿Qué queda entonces? Palabrería, testimonios de consecuencia, pataletas teóricas, pequeños círculos en los cuales se reúnen los críticos a criticar todo y amar su crítica y a sí mismos. De tomar partido, nada. De comprometerse, nada. De arriesgarse, nada. Porque la política es algo demasiado mundano y sucio para estas altas cumbres del pensamiento filosófico, porque, ¿qué es pensar los problemas de algo tan vulgar como la pobreza y sus causas, en comparación con una “hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica”? La pobreza misma es sucia e ignorante, frente a la pureza de las ideas. Porque nada es digno, salvo un cúmulo de ideas que, por su lejanía con la realidad, no pueden intoxicarse con ésta, no pueden ser corrompidas por la sucia realidad, sino que se mantienen arriba, brillando en un mundo sin contradicciones donde todos somos doctos y sofisticados.
En mi caso, tomo partido teóricamente por el marxismo y políticamente por el comunismo. ¿Por qué? Porque el marxismo sigue siendo la teoría más consistente respecto a la organización de las formaciones sociales y, en particular, el estudio más profundo de la dinámica del capitalismo. Por otra parte, el comunismo es la alternativa política que se levanta a partir de dicha lectura. El marxismo constata una verdad muy sencilla, pero muy radical que Engels expresa así: el hombre necesita, en primer lugar, comer, beber, tener un techo y vestirse antes de poder hacer política, ciencia, arte, religión, etc. Esa verdad que Marx tuvo que descubrir abriéndose paso entre la “maleza” teórica hoy ha sido olvidada, pues las nuevas formas del idealismo han vuelto a poner un denso velo sobre ella. Me declaro, por tanto, enemigo de todas aquellas corrientes de pensamiento que nieguen, de una u otra forma, esa verdad elemental. Lo menciono para partir predicando con el ejemplo.

2°: filosofar con el martillo

Decíamos que Nietzsche no sólo toma partido, sino que pretende construir una filosofía que le servirá como herramienta para su empresa. Y cuál mejor que el martillo para su propósito de golpear con violencia la cultura occidental hasta echarla abajo. Nuevamente aquí hay un valor escaso, pues no sólo la filosofía, sino que la teoría social en su conjunto, hoy están lejos de constituir una herramienta para echar abajo algo. Un martillo necesita manos que lo empuñen y luego algo que golpear, y en un escenario donde no hay disputa, no hay toma de partido y, por lo tanto, no hay nada que golpear. De esta manera, actualmente la teoría es una herramienta mellada, sin filo, sin agudeza, sin capacidad de perforar profundamente la realidad que le rodea. Hoy la teoría es algo inofensivo.
Ahora bien, es lógico pensar en la teoría como algo dócil cuando no se ha tomado partido y, por ello, no hay nada a lo que golpear. Por esto, lo primero es tomar partido, trazar una línea de demarcación entre las ideas que aceptamos y aquellas que rechazamos. Porque, como bien decía Mariátegui, para nosotros hay ideas buenas y malas. De eso se trata tomar partido. Y una vez que hay claridad de cuáles son las ideas malas, ¡no hay que dudar en usar el martillo!
La idea de teorizar con el martillo exige tomar partido y actuar en consecuencia, esto es, terminar con la cobardía intelectual y con una concepción liberal de pluralismo basada en la idea del “laissez faire” (“dejar hacer”). Una mala concepción de pluralismo en la cual se aceptan la pluralidad de visiones porque cada una tiene su verdad, negando la posibilidad de que exista una verdad, porque la lección histórica que nos enseñó el bloque dominante que triunfó a comienzos de la década de los ’90, es que eso es totalitario. La exigencia es, entonces, rechazar estas ideas y decir, sin vergüenza, que hay ideas buenas y malas, y estas últimas deben ser rechazas y combatidas (que es distinto a postular que deben ser perseguidas). En esta empresa no debemos dudar en desarrollar teoría que sea martillo, ¡no debemos vacilar en teorizar a martillazos!
¿Y por qué es tan necesario? Porque el triunfo aplastante del bloque capitalista arrasó con todo campo de disputa, haciendo creer que las eras de las disputas se acabaron. Hacen ver su triunfo no como un triunfo, sino como el desenlace natural de una disputa que siempre estuvo ganada y por lo tanto como el fin de todas las disputas (fin de los metarrelatos, de la historia, etc.). Y aquí hay una primera idea que hay que echar abajo a martillazos: el fin de la lucha de clases como motor de la historia. O peor aún, ¡el fin de las clases! De esta manera podemos situarnos en el campo teórico entendiendo que éste forma parte de una sociedad en particular y que, por tanto, forma parte de los conflictos de esa sociedad, en los cuales distintos segmentos de ésta luchan por algún objetivo que es antagónico con aquel del grupo con el que compiten (en las sociedades capitalistas, el conflicto más relevante –no el único- es el que se da entre las clases). Negar el carácter conflictivo del campo intelectual es aceptar la fábula que inventó Fukuyama y que repiten día a día los neoliberales recalcitrantes.
Por otra parte, la idea de que no hay nada en disputa es muy cómoda para las clases dominantes, porque cuando no hay nada en juego se permiten cosas que en un contexto en el cual hay algo en riesgo no se permitiría. Frente a la posibilidad de perder algo al adversario o enemigo no se le hace ninguna concesión, por eso las peleas intelectuales solían ser tan apasionadas y a la vez tan rigurosas (en el siglo XX), cuando sí se teorizaba con martillos. Por eso hoy somos testigos de que cualquier persona puede escribir cualquier charlatanería “teórica” con absoluta impunidad, sin que nadie salga al paso a poner freno a tanta palabrería desenmascarando el vacío que esconde tras frases construidas a partir del sentido común o con mucha sofisticación lingüística. El relajo teórico ha permitido la total falta de rigurosidad y profundidad, generando un caldo de cultivo para los charlatanes que viven del engaño. Terminar con la impunidad teórica es un imperativo actual, para lo cual es necesario un martillo, cuya solidez y fuerza dependerá del rigor teórico con que se construya. Sólo aceptando que la teoría es un campo de lucha donde podemos ganar y perder mucho, se puede actuar con voluntad de ganar. Esa es la voluntad que permitirá construir una teoría sólida que permita abrirse paso a través de quienes no dejan avanzar, dejando atrás a quienes engañan y se enriquecen vendiendo humo y venciendo a quienes nos niegan. ¡Abrirse paso a martillazos! Porque ninguna teoría nace de un parto sin dolor.
El llamado a teorizar con el martillo es, pues, sincerarnos respecto a las características del campo teórico como un terreno de lucha y a abandonar el miedo culposo que se nos ha impuesto respecto a luchar, respecto a defendernos de quienes consideramos amenazas y respecto a usar el martillo. Teorizar con el martillo es algo natural para quienes sabemos que estamos disputando cosas y que, en ese marco, queremos ganar, lo que implica ganarle a alguien. Se trata de constatar un hecho y asumirlo de la única forma en que se puede asumir: con el martillo. Se trata además de recuperar el rigor teórico, que es el único capaz de generar conocimientos del mundo en el que vivimos.
Aquí hay ideas malas, muy malas, y no hay por qué “dejarlas hacer y dejarlas pasar”. Hay que decir abiertamente que Pilar Sordo dice estupideces derechistas disfrazadas de clichés sacados del sentido común (y además le pagan mucho por ello); que Gabriel Salazar es un liberal y, en tanto tal, no sirve a un proyecto de izquierda; que las modas “post” son pura paja molida que no hablan de nada en concreto y afirman fantasías insostenibles como que ya no existen las clases. Para quienes consideramos todas esas ideas abiertamente malas, ver que proliferan con tanta impunidad genera rabia. Es hora de hacer algo productivo con esa rabia y volver forjar una teoría sólida y rigurosa que sirva para usarla a martillazos.

viernes, 7 de junio de 2013

Ojo con las justificaciones “históricas”

Se ha puesto muy de moda validar la actual línea política del Partido Comunista de Chile haciendo comparaciones “históricas” con los gobiernos radicales que comenzaron en 1938 y con nuestra actitud durante la Unidad Popular, a favor de incorporar al Partido Radical a dicha coalición, a pesar de su pasado anticomunista, y por la búsqueda de un acuerdo con la DC hacia el final. La historia siempre da lecciones de las cuales debemos sacar aprendizajes para fortalecernos y nutrir nuestra práctica política, pero eso no quiere decir hacer abstracciones de situaciones pasadas concretas para importarlas a un presente también concreto. La práctica política marxista es la práctica política de la particularidad y, por lo tanto, lo que se le exige a los marxistas-leninistas, más que traer a colación una situación histórica determinada, es hacer un correcto análisis del presente y del pasado, y sólo hacer comparaciones tomando en cuenta el carácter concreto y particular de las situaciones que se están comparando.
Es necesario recalcar esto porque la “justificación histórica” a la cual se ha recurrido con tanto ahínco cae en dos errores serios que pueden nublarnos sobre las características particulares de nuestro propio momento actual y, a la larga, terminar en errores políticos que nos alejen de nuestro objetivo de poner fin al neoliberalismo y construir el socialismo.
En primer lugar, esta comparación es abstracta, no concreta. Da cuenta de situaciones aislándolas del contexto específico en que se dieron, de las particularidades de la formación social, de la estructura y lucha de clases, del contexto global y de todos los factores que se deben tomar en cuenta para realizar un análisis exacto del momento actual. No basta con saber que el de Pedro Aguirre Cerda fue un gobierno “progresista” o que contó con el apoyo de los comunistas incluso cuando éstos no participaron del gobierno. No sirve saber que los comunistas se bajaron del gobierno de Gabriel González Videla para apoyar una huelga de trabajadores. Todas estas situaciones no se corresponden a un análisis materialista, ya que describen situaciones en un vacío, despojadas del contexto histórico en el que se dieron.
No pretendo aquí hacer ese análisis exhaustivo de las condiciones concretas del período de aquella época –tarea en la que los historiadores podrían ser mucho más aporte que yo-, pero sí resaltar algunos aspectos que considero relevantes. En primer lugar, la política de alianzas de los Frentes Populares se sustentaba en una amenaza terrible para el pueblo y la izquierda en general: el auge de los movimientos fascistas. El fascismo tenía claros referentes mundiales, traducidos en referentes locales que, en el caso de Chile para 1938 mostraba como referente y candidato presidencial a Carlos Ibáñez del Campo. Frente a una amenaza de ese calibre se entiende una alianza política que apueste a ser una barrera de contención para detener su avance y, por sobre todo, su acceso a la estructura del aparato estatal.
Si hacemos la comparación hoy, y pensamos en el “enemigo” que nos amenaza –el neoliberalismo-, el ejemplo histórico de los frentes populares pierde sentido por un motivo bastante sencillo. En dicha época, el enemigo se concentraba en un referente bien concreto. Hoy, nuestro enemigo está esparcido a lo largo de todo el espectro político, tanto en la derecha como en la izquierda –incluso, yo diría, en la izquierda extraparlamentaria-. El enemigo que nuestra generación está llamada a derrotar es, en ese sentido, mucho más poderoso que el de aquel entonces, porque ha logrado legitimarse y transformarse en hegemónico, en sentido común, en un conjunto de ideas que se sobreponen, que dominan por sobre otras. Esto hace mucho más riesgosa la apuesta política que hemos tomado, en tanto en la Concertación no encontramos un aliado clave para la derrota de nuestro enemigo, en tanto es una coalición que está definida –no sólo influida- por el neoliberalismo.
Aquí hay que hacer algunas aclaraciones también, porque se suele caer en el error infantil de creer que la DC es el ala “derecha” o “neoliberal” de la Concertación. Eso contradice cualquier análisis más profundo y da cuenta de una incomprensión, desde la perspectiva marxista, de la manera en que opera la ideología en una sociedad. Esta idea debe refutarse dando cuenta de que la visión neoliberal está instalada homogéneamente en todos los partidos de la Concertación, y que el hecho de que la DC por definición sea anticomunista y le saque ronchas un acercamiento con nosotros, no los hace más neoliberales. No son más neoliberales que aquellos sectores que se muestran entusiasmados con nuestra inclusión en esta “nueva mayoría”, no porque vean una posibilidad de quebrar este bloque que –más allá de sus diferencias y heterogeneidad interna- es neoliberal, sino porque ven que al integrarnos se puede asegurar el cierre institucional hacia “la izquierda”, haciendo todas las reformas progresistas que sean necesarias para no amenazar el patrón de acumulación de nuestra lumpen-burguesía nacional. Esos sectores se disfrazan de izquierda, pero son los más neoliberales –los que están planificando la mantención del modelo a largo plazo- y, por lo tanto, constituyen la peor amenaza para quienes buscamos avanzar hacia el socialismo.
De esta forma, la comparación histórica hecha en abstracto, presenta el grave riesgo de nublarnos precisamente de estos hechos concretos, que son particulares de nuestro momento actual, y diferentes de otros períodos de nuestra historia. Sobre todo, el mayor riesgo está en que el neoliberalismo es algo instalado homogéneamente en la Concertación y que sus mayores exponentes no son, necesariamente, los sectores anticomunistas de la DC. Por el contrario, la mayor amenaza para nuestro objetivo táctico –el fin del neoliberalismo- puede estar precisamente en los sectores más progresistas, que quieren hacer reformas precisamente para salvar el modelo de desarrollo.
El segundo error al realizar esta comparación es que se pretende validar una tesis política a partir de experiencias que, aunque de manera abstracta, dan cuenta de que algo así ya se hizo en algún momento pero que todas terminaron mal para el pueblo y para nuestro Partido. Es decir, se hace abstracción no sólo de las situaciones concretas donde se llevaron a cabo dichos esfuerzos, sino que, para peor, de los resultados que se obtuvieron.
En el primer caso, los frentes populares con el Partido Radical terminaron con la traición de Gabriel González Videla, la promulgación de la Ley Maldita, la proscripción de nuestro Partido y la persecución y encarcelamiento de nuestros compañeros. Entonces, ¿cómo ponemos de ejemplo una coalición que terminó de esta manera? Bien; el gobierno del FRAP logró derrotar a la opción fascista y tuvo reformas progresistas, pero una experiencia que terminó así para los comunistas no puede considerarse exitosa ni tomarse como modelo a seguir, bajo ninguna forma.
La otra experiencia de búsqueda amplia de unidad fue la UP, especialmente el intento que hubo al final por alcanzar acuerdos con la DC que impidieran una salida abrupta del gobierno. Todos sabemos cómo terminó esa experiencia y el rol que jugó la DC en el golpe de estado. Luis Corvalán en el Pleno del Comité Central realizado el año 1977 hace un análisis de una serie de errores que condujeron a la caída del gobierno popular  y al triunfo de la burguesía y Estados Unidos. ¿Cuántas de estas lecciones estamos considerando a la hora de apostar a “la unidad de la oposición”? ¿Cuáles son nuestras proyecciones si estamos justificando nuestro paso táctico con errores tácticos del pasado? ¿Qué podemos esperar de nuestra tesis si, para defenderla, se recurre a experiencias fallidas?
Pareciera que echar mano de estas situaciones da más cuenta de una carencia de contenido en los argumentos a favor de la actual línea y de la supuesta convergencia programática y, en ese sentido parecen más los manotazos de un ahogado desesperado por agarrarse de algo firme que, en realidad no está ahí. Hoy es cuando los militantes del Partido Comunista y de sus Juventudes debemos detenernos en estos aspectos y desarrollar una mirada crítica, no para decir necesariamente que estamos equivocados –eso quedará sujeto a las discusiones que demos en la estructura-, sino para dejar de repetir consignas vacías que lo único que hacen es obstaculizar una mirada profunda de la realidad en la que nos encontramos. Este tipo de sesgos, amparados en un dogmatismo teórico y orgánico, son los mismos que han conducido a los fracasos de las experiencias socialistas en todo el mundo. Son los mismos que, por no hacerse, impidieron detectar que en la Unión Soviética seguía existiendo relaciones sociales de producción que daban origen a clases distintas, evitando tomar las medidas necesarias para terminar con dicha situación y poder seguir avanzando hacia el socialismo. Son los sesgos que debemos combatir activamente, pues son ellos los que nos van a conducir a la derrota.
Y esto se torna especialmente preocupante al ver las incomprensiones derechistas de la línea partidaria realizada por algunos compañeros que, tristemente, han corrido a enarbolar las banderas de Bachelet (incluso antes de la decisión del Pleno del Comité Central del Partido) sin dar la más mínima señal de una evaluación crítica del rol que debemos jugar los comunistas en una candidatura de este tipo.

domingo, 2 de junio de 2013

Recuperar un horizonte: una tarea de la izquierda revolucionaria

1.     El fin de la historia: un obstáculo real

La idea desarrollada por Francis Fukuyama de que la historia se acabó es controversial y a menudo se le resta valor, pero es necesario detenerse en ella para realizar un análisis de lo que Lenin llamaba “el momento actual” y de las tareas que éste le impone a las fuerzas de izquierda para la construcción del socialismo. Siendo sintéticos, el autor postula que el capitalismo y las democracias liberales son las mejores formas de organización social posibles –esa es la conclusión histórica tras la caída de los “socialismos reales”-, por lo que todos los cambios en pos de mejoras sociales deben estar dentro del marco capitalista-democrático liberal. En este sentido, la historia habría llegado a su fin, porque no existirán cambios revolucionarios o estructurales posibles que alteren el orden capitalista democrático liberal; no hay nada más allá de esto, no hay alternativas, salvo reformas que apunten a mejorar el orden social ya existente.
Pasando a las críticas, es cierto que Fukuyama agarra dos conceptos complejos de dos filósofos complejos (el “fin de la historia” de Hegel y el “último hombre” de Nietzsche) para escribir un best-seller tremendamente pretencioso. Situarse en la cúspide del desarrollo histórico, como un Dios que mira todo desde las alturas del Olimpo, pensando que ya  todo está dicho, además de soberbio, tiene una connotación religiosa innegable (la de juzgar a la humanidad desde una posición que está por encima de la humanidad, en este caso, desde la conclusión de la historia; aquella posición en que descansa todo lo que la humanidad ha construido a lo largo de su desarrollo).
En virtud de lo anterior, pareciera que la tesis de Fukuyama no merece mayor atención, ya que nadie puede afirmar con semejante certeza que no hay nada más allá del capitalismo y de las democracias liberales. A menos que el señor Fukuyama haya viajado a todos los futuros posibles y visto con sus ojos que en el año 4 mil y en el 10 mil seguiremos igual, resulta imposible ser tan enfático en señalar que no hay formas mejores de organizar las sociedades (posiblemente en la sociedad esclavista o feudal jamás pensaron que podría existir otro modo de organizar la sociedad). Y, por lo demás, creer en que la historia tiene una conclusión, creer en una teleología, en que la historia se dirige a un destino, nos enreda en un problema religioso que nos aleja del problema real a resolver.
Ahora bien, desde una perspectiva materialista se entiende que un “conocimiento”, por mucho que sea ideológico, no deja de relacionarse con la formación social en el cual es producido y al final se constituye en algo objetivo. Marx mismo lo menciona al analizar las categorías de la economía burguesa, las cuales describe como “formas mentales aceptadas por la sociedad, y por tanto objetivas”, por mucho que dichas categorías fueran falsas u omitieran detalles respecto al doble carácter de la mercancía y respecto a la plusvalía.
Entonces, la idea de que la historia se acabó, pese a su absurdo, hoy encuentra cobijo en el seno de la formación social en la cual es producido y termina consolidándose como una idea dominante o, en palabras de Gramsci, siendo parte del “sentido común”. La idea de sentido común adquiere importancia sustantiva, pues si hablamos de una hegemonía aplastante de la tesis del fin de la historia no nos referimos necesariamente al debate de academia, de los intelectuales o de los políticos, sino que de una hegemonía que logra convertirse en el “sentido común” no de los actores mencionados, sino que de las masas, del pueblo. Y aquí no es necesario haber leído a Fukuyama, conocer sus argumentos y darle la razón. No es necesario que alguien diga explícitamente y con argumentos racionales “no hay alternativas”. Esto opera como lo que Slavoj Žižek llama los “conocimientos desconocidos”, cosas que no sabemos que conocemos o, en otras palabras; sabemos, pero no sabemos que sabemos.
La idea de que no existen alternativas al orden actual opera como un telón de fondo, como una obviedad social que ni siquiera es necesario hacer explícita, precisamente, porque es obvia. La idea que sustenta el apoliticismo y la indiferencia es precisamente la de que no hay alternativas. La respuesta clásica “da lo mismo quién gane, hay que trabajar igual” da cuenta de que no hay expectativas puestas en la política o en un proyecto de transformación; a la larga todo seguirá igual. Y seguirá igual porque las alternativas que existieron –en Chile la Unidad Popular, en el mundo la Unión Soviética- colapsaron y no llegaron a buen término, lo cual es el mismo argumento que usa Fukuyama para plantear su tesis. En síntesis: no hay un horizonte para la humanidad y esto nos lleva a una situación de nihilismo en la cual, sencillamente, no se cree en nada.
Esta ideología, esta falta de horizonte, no sólo se refleja en términos de alternativas políticas, sino que en todos los niveles de la sociedad, siendo un ejemplo claro el del arte. La producción artística hoy también está marcada por una creencia –consciente o inconsciente- del fin de la historia (del arte), reflejada en la idea de que ya todo está creado y que, por lo tanto, sólo queda inventar a partir de manosear lo ya existente, resaltar la idea de que “no se había hecho antes” como un mérito en sí mismo o bien de relativizar el concepto de arte. De esta forma tenemos que un “artista” puede exponer un urinario en una galería y es legítimo. O un pintor que expone manchas. Esta falta de horizonte se traduce, en el arte, en una absoluta carencia de ideas y en la mediocridad de ahorrarse un proceso de trabajo y producción, a través de decir que cualquier cosa es arte.
Lo mismo podemos ver en el campo de la teoría, en particular en ciencias sociales. El marxismo es un intento de comprensión global, de las sociedades como un todo complejo y es, por lo tanto, un proyecto muy amplio y que exige mucho esfuerzo y dedicación. Hoy los esfuerzos por una comprensión de la sociedad han abandonado la pretensión de globalidad y se conforman con estudiar aspectos particulares de ésta. Son las llamadas “teorías de alcance medio”. Y si bien alguien podría decir que tienen mayor poder explicativo que teorías globales, como el marxismo, el sociólogo chileno Enzo Faletto da cuenta con mucha precisión de la naturaleza o el interés detrás de estas teorías, al afirmar que las teorías de alcance medio eran para sociólogos de alcance medio. En otras palabras, se instala una mediocridad y una renuncia a intentar entender globalmente los problemas sociales y sus estructuras internas.
Para terminar, todo este nihilismo y mediocridad producto de la falta de horizonte se disfraza con un elemento muy característico de este momento actual y que me permitiré llamar con el término coloquial en que se le conoce: la venta de humo. Se dice que alguien vende humo cuando presenta una idea, un proyecto, un producto, o lo que sea, haciéndolo parecer como novedoso, lleno de cualidades, grandilocuente, cuando en el fondo no hay nada. Se vende una apariencia, no algo concreto. El humo lo vemos en el arte cuando al ver una mancha el artista “explica” y dice que representa “las contradicciones internas del hombre por salir en un mundo individualizado” o cualquier tontera que se le pueda ocurrir; lo vemos en las millones de conferencias que siempre se anuncian de “speakers motivacionales”; en el “couching ontológico”; en teorías de alcance medio ridículas como “la sociología de los cuerpos” y en toda una serie de productos pretenciosos que hablan en difícil para vender caro obviedades que todos saben (o abiertamente, para vender caro absolutamente nada). Todas estas manifestaciones sólo sirven al propósito de esconder la miseria de nuestra producción intelectual –artística, teórica, etc.- actual y de esconder el problema real que tenemos que ver los marxistas: el estancamiento real de nuestra teoría.

2.     El desafío: salir del callejón teórico sin salida

Anteriormente se había dicho que las masas no creen en alternativas porque éstas fracasaron, lo cual además es el sustento para la tesis del fin de la historia. Pero esto no es totalmente cierto. Hay que agregar también que, por otra parte, la izquierda revolucionaria no ha sido capaz de salir de ese fracaso, de emerger de sus ruinas con un proyecto teórico y político convincente.
Haciendo una genealogía esquemática, tenemos el siguiente proceso. Caen los proyectos socialistas en todo el mundo: la UP en Chile, el Muro de Berlín, la Unión Soviética. Derrota política. Esta derrota política da pie a instalar una idea de mundo, de que ya no existen alternativas, más allá del capitalismo y las democracias liberales. Derrota ideológica. La derrota política además permite que la teoría marxista se muestre como una teoría errada que conduce al fracaso, lo cual lleva a que los intelectuales abandonen la teoría marxista como herramienta de análisis social y recurran a otra serie de teorías de todo tipo. Derrota teórica.
Estas tres derrotas condicionan la posibilidad de volver a levantar una alternativa política marxista-leninista. Nos encontramos en una situación que Louis Althusser llamó “el callejón teórico sin salida”, para dar cuenta de las propias dificultades que encontraba la teoría marxista en su tiempo. Hoy nos volvemos a encontrar en un callejón sin salida, sellado por un lado con la experiencia histórica de la caída de los socialismos reales, por otro con el sentido común de que no existen alternativas y por otro, con el estancamiento o abandono de la teoría marxista-leninista.
En esta situación, de arrinconamiento, existen tres posibilidades. Las dos primeras, representan la claudicación; abandonar la teoría marxista-leninista. El primer abandono es el derechista, reflejado en las posturas de los “socialistas renovados”, principalmente el Partido Socialista y el Partido Por la Democracia y, en particular, por el grupo de dirigentes que en su momento participó en el MAPU. En ellos hay un abandono del marxismo, una renuncia a su poder explicativo, por la derecha. Es decir, rechazan el marxismo para abrazar lecturas de la realidad y posiciones políticas socialdemócratas –en el mejor de los casos- o abiertamente neoliberales. Esto explica el comportamiento de la Concertación durante sus 20 años a cargo del país.
Pero esa no es la única claudicación. También está la salida izquierdista, cuyo mejor exponente hoy en día es Gabriel Salazar. Formado en Inglaterra por historiadores liberales, Salazar hoy representa la izquierda que abandona el marxismo por considerarlo estrecho, insuficiente, incapaz de hacer una lectura de la realidad. Esta izquierda que, en otras expresiones, cae en teorías que podríamos llamar “de resistencia”, que siempre se plantean resistiendo a algo, pero donde no hay vocación de poder ni lecturas de la realidad. Teorías como la de “los cuerpos”, del “bio poder”, del “poder local” y todas esas siutiquerías que se plantean como alternativas radicales, en el fondo esconden el mismo defecto que la salida de derecha, que es el compartir su mismo sustento ideológico: el nihilismo provocado por la falta de horizonte producto del triunfo de las clases capitalista en el proceso global de lucha de clases durante el siglo XX. Entender que la sociedad, en el fondo, no cree en alternativas explica la debacle de los partidos de izquierda y de las apuestas políticas de izquierda, es decir, las propuestas de izquierda que apuestan a la obtención del poder político de Estado, en desmedro de estas alternativas de resistencia. Porque es importante señalar que, así como este sentido común se instala en las masas –en términos generales-, en el arte, es la teoría, etc., también se instala en la izquierda. Marx lo resume muy bien: las ideas dominantes en una sociedad son las ideas de la clase dominante. Y la sutileza de la ideología consiste en ser ese “saber desconocido” mencionado, es decir, instalarse en nuestras cabezas sin que siquiera nos demos cuenta.
La única forma de percatarnos de esta situación y de detenerla, es precisamente la tercera alternativa que tenemos frente al callejón sin salida: el desarrollo de la teoría marxista-leninista. En una frase hermosa y muy clara, Althusser señala que “los marxistas saben bien que ninguna táctica es posible si no descansa en una estrategia, y ninguna estrategia si no descansa en una teoría”. Es decir, para volver a articular un proyecto político marxista, que sea capaz de romper el lastre de la ideología del fin de la historia, necesariamente necesitamos desarrollar la teoría marxista. Esto quiere decir, leer, entender a Marx y a Lenin, entender su importancia revolucionaria y, a partir de esto, ser capaces de leer el presente de forma de entender los nuevos patrones de acumulación capitalista; los cambios en la estructura de clases y, por consiguiente, los cambios en la dinámica de la lucha de clases; las estrategias con las que las clases dominantes aseguran la cuota de ganancia y los dispositivos ideológicos con los que entrampan el quehacer de la izquierda.
La importancia de la teoría hoy está ahí y no puede ser menospreciada bajo los argumentos de la necesidad de dar las luchas políticas contingentes. Es cierto: la política requiere nuestros máximos esfuerzos y siempre nos va a estar exigiendo atención, compromiso y, a menudo, sacrificio. Pero estos esfuerzos serán en vano si no se realizan con una dirección, si no se realizan con un horizonte socialista. Y la recuperación de ese horizonte pasará, necesariamente, por el desarrollo de una teoría que sea capaz de destruir el mito ideológico del fin de la historia y de prevenirnos de los ataques e infiltraciones de la ideología burguesa en nuestra teoría, que han llevado a las renuncias de izquierda y de derecha. Distinguir eso es vital para establecer una línea de demarcación entre una práctica teórica y política verdaderamente revolucionaria y aquellas socialdemócratas o ultraizquierdistas, amparadas en toda clase de teorías de alcance medio y, sobre todo, expuestas con mucho humo.
Y si la pregunta es por qué esto pasa necesariamente por el desarrollo de la teoría marxista y no por su abandono –como argumentan especialmente los “ultras” tipo Salazar-, la respuesta debe ser clara. La práctica teórica marxista fue la única que fue capaz de dar cuenta del sustento material real de las sociedades y, en particular del capitalismo. Fue la única capaz de comprender la naturaleza del doble carácter de la mercancía, de la explotación y de la lucha de clases que se nos presenta de forma brutal en la historia y en la realidad. El leninismo, por su parte, es el esfuerzo por traducir ese inmenso arsenal teórico en una práctica política revolucionaria, que toma partido y apuesta a una transformación radical de la realidad, planteando la política como lo que es: lucha de clases con intereses antagónicos. Y, especialmente hoy, donde los vende humo y socialdemócratas son capaces de agarrar a Marx para depurarlo de sus consecuencias políticas y transformarlo en un autor “descafeinado”, Lenin nos permite recuperarlo devolviéndole su esencia radical usurpada, nos permite recuperarlo para la lucha de clases con el potencial teórico necesario para reconstruir un horizonte para la humanidad. Un horizonte socialista.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Malestar frente al gobierno argentino

Señor director:

En un editorial publicado ayer, se hace un llamado a que la administración de Cristina Fernández se abra a introducir cambios a fin de evitar la agudización del tono de las protestas.

Causa curiosidad que un llamado de semejante índole no se haya escrito ni una sola vez durante el año pasado, cuando en Chile había una situación, por lejos, de más efervescencia social. Por el contrario, todos los editoriales apuntaban a que el gobierno no cediera y se mantuviera el statu quo, mediante reformas que profundizaran el modelo.

http://www.latercera.com/noticia/opinion/correos-de-los-lectores/2012/11/896-493126-9-malestar-frente-al-gobierno-argentino.shtml

domingo, 1 de abril de 2012

El Matrimonio del Cielo y el Infierno (William Blake)

La voz del diablo (Fragmento)

Quienes reprimen su deseo son aquellos cuyo deseo es bastante débil para poder ser reprimido.
De este modo, el elemento restrictor o Razón usurpa el lugar del deseo y gobierna al abúlico.
Y una vez reprimido, se vuelve gradualmente pasivo hasta no ser sino la sombra del deseo.

La historia de esto se halla escrita en el "Paraíso Perdido", y el Dominador o Razón se llama Mesías.
Y al primitivo Arcángel, capitán de la armada celeste, se le llama Demonio o Satán, y sus hijos son llamados Pecado y Muerte.
Mas en el libro de Job, el Mesías de Miltoon se llama Satán.
Porque esta historia ha sido adpotada por ambos partidos.
A la Razón le parece que el Deseo ha sido expulsado, pero el Demonio calcula que el Mesías cayó y construyó un cielo con lo que le robó al Abismo.
Así está revelado en el Evangelio donde lo vemos rogar al Padre que le envíe el Consolador o Deseo, a fin de que la Razón tenga ideas para con ellas construir. -El Jehová de la Biblia no es sino aquel que viven entre llamas.
Sabe que, después de su muerte, Cristo se convirtió en Jehová.
Pero en Milton el Padre es Destino, el Hijo es la Razón de los cinco sentidos, y el Espíritu Santo es la Nada.

NOTA.-Milton escribió prisioner cuando habló de los Ángeles y de Dios, y en libertad cuando habló del Infierno y los Demonios, porque fue un verdadero poeta y, sin saberlo, del partido de los Demonios.

jueves, 16 de febrero de 2012

Proverbios del Infierno


En tiempos de siembra aprende, en tiempos de cosecha enseña y en el invierno goza.

Conduce tu carro y tu arado sobre los huesos de los muertos.

La senda del exceso lleva al palacio de la sabiduría.

La prudencia es una fea y rica solterona cortejada por la incapacidad.

Quien desea y no actúa engendra la plaga.

El gusano perdona al arado que lo corta.

Sumergid en el río a quien ama el agua.

El necio no ve el mismo árbol que ve el sabio.

Aquel cuyo rostro no irradia luz nunca será estrella.

La eternidad está enamorada de las creaciones del tiempo.

A la atareada abeja no le queda tiempo para la pena.

Las horas de la locura las mide el reloj, pero ningún reloj puede medir las horas de la sabiduría.

Ningún alimento sano se atrapa con red ni trampa.

En años de escasez, usa número, peso y medida.

No hay pájaro que vuele demasiado alto si lo hace con sus propias alas.

Un cuerpo muerto no venga injurias.

El acto más sublime consiste en poner a otro delante de ti.

Si el necio persistiera en sus necedades llegaría a sabio.

La necedad es el atuendo de la bellaquería, la vergüenza es el atuendo del orgullo.

Las prisiones se construyen con piedras de Ley; los burdeles con ladrillos de religión.

La altivez del pavo real es la gloria de Dios.

La lujuria del chivo es la liberalidad de Dios.

La ira del león es la sabiduría de Dios.

La desnudez de la mujer es obra de Dios.

El exceso de pena ríe; el exceso de dicha llora.

El rugir de los leones, el aullido de los lobos, el oleaje furioso del mar huracanado y la espada destructora, son porciones de la eternidad demasiado grandes para que las aprecie el ojo humano.

El zorro condena a la trampa, no a sí mismo.

El júbilo impregna; las penas engendran.

Dejad que el hombre vista la melena del león y la mujer el vellón de la oveja.

El ave un nido, la araña una tela, el hombre la amistad.

El egoísta y sonriente necio y el necio que frunce malhumorado el ceño han de considerarse sabios, y podrían ser medidos con la misma vara.

Lo que hoy está probado, en su momento era sólo algo imaginado.

La rata, el ratón, el zorro y el conejo vigilan las raíces; el león, el tigre, el caballo y el elefante vigilan los frutos.

La cisterna contiene; el manantial rebosa.

Un pensamiento llena la inmensidad.

Si estás siempre listo a expresar tu opinión, el vil te evitará.

Todo lo que es creíble, es una imagen de la verdad.

Nunca el águila malgastó tanto su tiempo como cuando se propuso aprender del cuervo.

El zorro se provee a si mismo; pero Dios provee al león.

Piensa por la mañana, actúa a mediodía, come al anochecer y duerme por la noche.

Quien ha sufrido tus imposiciones, te conoce.

Así como el arado sigue a las palabras, Dios recompensa las plegarias.

Los tigres de la ira son más razonables que los caballos de la instrucción.

Del agua estancada espera veneno.

Nunca sabrás lo que es suficiente a menos que sepas lo que es más que suficiente.

¡Escucha los reproches de los tontos! ¡Forman un título real!

Los ojos del fuego, la nariz del aire, la boca del agua, las barbas de la tierra.

El débil en coraje es fuerte en astucia.

El manzano nunca pregunta al haya cómo ha de crecer, tal como el león no interroga al caballo sobre cómo atrapar la presa.

Quien recibe agradecido da copiosas cosechas.

Si otros no hubiesen sido tontos, lo seríamos nosotros.

El alma rebosante de dulce deleite jamás será profanada.

Cuando ves un águila, ves una porción de Genio: ¡Alza la cabeza!

Tal como la oruga elige las hojas mejores para depositar en ellas sus huevos, el sacerdote lanza sus imprecaciones para los más dulces goces.

Crear una florecilla es labor de siglos.

La condena estimula, la bendición relaja.

El mejor vino es el más añejo; la mejor agua, la más nueva.

¡Las plegarias no aran! ¡Los elogios no cosechan!

Las alegrías no ríen. Las tristezas no lloran.

La cabeza lo Sublime; el corazón, lo patético; los genitales, la Belleza; manos y pies la Proporción.

Como el aire al pájaro o el agua al pez, así es el desprecio para el despreciable.

El cuervo quisiera que todo fuese negro; el búho, que todo fuese blanco.

La exuberancia es belleza.

Si el león recibiese consejos del zorro, sería astuto.

El perfeccionamiento traza caminos rectos; pero los torcidos y sin perfeccionar son los caminos del Genio.

Mejor matar a un niño en su cuna que alimentar deseos que no se llevan a la práctica.

Donde no está el hombre, la naturaleza es estéril.

La verdad nunca puede decirse de modo que sea comprendida sin ser creída.

¡Suficiente! o demasiado.


William Blake, "El matrimonio del Cielo y el Infierno".

miércoles, 29 de junio de 2011

Educación: por qué Estado y no Mercado

Si pudiéramos resumir todas las demandas estudiantiles en una sola, sería: que el Estado asuma su responsabilidad principal en la educación. En el ámbito de la educación pública, eso significa mayor financiamiento para sus instituciones, para que así las universidades sean verdaderamente estatales (cuesta creer que una universidad sea estatal si no recibe ni un quinto de sus recursos del Estado). En la educación privada, significa asumir un rol fiscalizador, para evitar flagrantes faltas a la ley pero también faltas a los derechos humanos, como el derecho a la educación (hablamos de esas instituciones que inventan carreras que no existen, que no tienen infraestructura, etc.). Todas las demandas estudiantiles apelan a ese rol del Estado, que hoy no está cumpliendo amparado en la noción del “Estado subsidiario”, donde sólo puede actuar ahí donde el Mercado no llega.

La respuesta de la derecha frente a esa demanda no deja de sorprender. Lo primero es el desacreditado “argumento ad hominem”, que consiste en descalificar al contendor en lugar de replicar sus argumentos. Quienes sostienen que el problema es el rol del Estado están “sobreideologizados”, son minoría o buscan instrumentalizar. Junto con eso, la defensa que hace siempre la derecha: no es el Estado el garante de una educación pública de calidad, sino el mercado; lo que se necesita es más competencia, más universidades privadas.[1] El debate que se da entonces es cuál de los mecanismos coordinadores de la sociedad, es el más capaz de resolver este problema.

Las crisis económicas de la década de los ’70 y ’80 llevaron a un cuestionamiento generalizado al rol del Estado como principal articulador social, frente a lo cual la alternativa ofrecida fue dar mayor espacio al Mercado, como el mecanismo de coordinación social. A partir de eso se dio con mucha fuerza aquello que Habermas denominó “colonización del mundo de la vida”, que grosso modo, se refiere al hecho de que la racionalidad económica va colonizando aspectos de la vida que antes funcionaban con otras lógicas y criterios. Así, por ejemplo, si antes el debate sobre el “bien común” estaba centrado en lograr una armonía, hoy se centra en lo económicamente rentable. Se explica entonces que la defensa del sistema de educación se dé en esos términos por parte de la derecha. Cuando los estudiantes se salen de la lógica economicista, están “politizados” (algo que para la derecha y para la sociedad neoliberal es malo). Cuando los estudiantes cuestionan que la educación sea un negocio, están ideologizados. Todo esto pretende naturalizar ese proceso descrito por Habermas, es decir, hacerlo parecer como algo tan natural como la gravedad, cuando en realidad es algo social, es un producto humano. No hay ningún decreto natural que diga que la educación tiene que ser un negocio y que sólo un sistema privado de educación mejoraría sus problemas. La verdadera sobreideologización está en creer que la educación como un negocio es algo obvio, incuestionable, intocable. La educación es algo social, y en esa condición podemos concebirla de la forma que creamos más conveniente, sin estar obligados a limitarnos a los criterios de la economía. Es más, como está convenido que la educación constituye un derecho social (por todos los beneficios que implica), los criterios debieran ser otros, no los del ganancia/pérdida.

Pero más allá del carácter ideológico del pensamiento de que sólo la competencia mejorará la educación, el problema está en que el Mercado no es el mecanismo de coordinación social capaz de garantizar educación resolviendo los problemas que hoy aquejan a la población. Adam Smith decía, con mucha claridad –y mucha honestidad también-, que no era la amabilidad del panadero la que nos permitía disfrutar del pan, sino su interés personal. De la misma forma, en un mercado de la educación, no es la filantropía de los empresarios lo que nos permite educarnos, sino su interés personal. ¿Y qué pasa si un día los empresarios se dan cuenta que el mercado de la educación no satisface sus intereses? ¿Qué pasa si llega el día en el que tener una universidad deja de ser “grito y plata” (sobre todo si consideramos que al empresariado chileno le gusta la plata fácil, que no le cobren muchos impuestos, no tener que poner plata para la capitalización de los trabajadores, sueldos bajos, etc.)? Tal como hoy uno de los principales inversionistas de Entel corrió a comprar la Universidad Santo Tomás cuando su antiguo dueño murió, si llega el día en que la educación no reporte sendas ganancias, los empresarios correrán a deshacerse de sus establecimientos. ¿Y qué pasará entonces?: nos quedaremos sin educación.

Hagamos la secuencia lógica: sin empresarios no hay educación, para que haya empresarios tiene que haber ganancias, para que haya empresarios en educación tiene que haber ganancias en educación, para que haya ganancias en educación tienen que existir altos aranceles, créditos con interés, etc. Si uno de los problemas actuales de la educación es el endeudamiento, ¿cómo la competencia va a ofrecer soluciones si su condición de existencia es que los estudiantes sigan pagando mucha plata? Si sólo los empresarios pueden sostener la educación, lo que dicho en otras palabras es que sólo el lucro puede sostener la educación, entonces, como consecuencia, sólo el endeudamiento podrá sostener la educación, lo que equivale a conservar las desigualdades. Parece que no es el camino. No es el Mercado el que permite satisfacer la demanda de educación.

Ahora bien, ¿por qué es el Estado entonces? Porque el Estado es un mecanismo de coordinación social que, a diferencia del Mercado, no se basa en el interés privado, es decir, en la acción individual, sino que en el interés y la acción colectiva. El Estado es la representación del “contrato social”, donde la comunidad se pone de acuerdo en cómo abordar los problemas que enfrenta. Evidentemente que el Estado así descrito constituye un “tipo ideal”, es decir la idea pura de cómo se forma el Estado y no como se da en la realidad, pero es a partir de ese fundamento que existe, aunque claro, el pacto social sólo es pactado por algunos y a otros es impuesto, pero incluso ellos son parte del Estado. Para aclarar, de la misma forma en que el trabajador forma parte de la producción en desventaja en relación al patrón, los dominados son integrados al Estado en desventaja en relación a los dominadores. Pero tienen su espacio.

Si la educación es un problema de la sociedad, es la sociedad en su conjunto la que debe velar para que en ella puedan entrar y egresar todos los que quieran y no sólo los que puedan pagar, por su calidad, etc. Y la única forma en que la sociedad, es decir, el colectivo pueda proteger la educación, es a través del Estado. Esta noción es fundamental para mejorar la educación, ya que no podemos descansar en la esperanza de que en el futuro ésta seguirá siendo un buen negocio para los empresarios. No se puede relegar la responsabilidad social que es la educación a privados, porque es una responsabilidad colectiva, no individual. Y en tanto el colectivo no asuma la responsabilidad que le compete respecto a sus propios problemas, y siga delegando la responsabilidad en los privados, seguiremos siendo un país sin proyecto país, y sin proyecto país jamás alcanzaremos el desarrollo.

Esto, dicho sea de paso, constituye el grueso de la concepción neoliberal, derechista, del desarrollo. Que la sociedad siga desentendiéndose de su responsabilidad y que delegue la toma de decisiones a los privados. En otras palabras, que la sociedad se mantenga despolitizada. Esa es la base de la concepción del Estado subsidiario, el que era considerado como un pilar para la sociedad libre por Jaime Guzmán. El debilitamiento progresivo e incesante del Estado a partir de las reformas neoliberales implementadas en dictadura habla del debilitamiento de un modo de organizarse que tuvo la sociedad, del debilitamiento de la acción colectiva, logrando así que la acción individual aparezca como la única forma de coordinación social. Eso explica por qué siempre la derecha echa mano al mercado y a los privados para solucionar los problemas país, porque la otra opción sería echar mano a la ciudadanía, lo que significaría tener una sociedad responsable y empoderada, es decir, politizada lo que debe constituir la peor pesadilla de la derecha.

Resumiendo. La solución al problema de la educación está en el Estado, porque constituye un mecanismo de coordinación social basado en la acción colectiva. Y al ser la educación un interés de la sociedad, debe ser la sociedad la que asuma la responsabilidad de ésta, a través de su mecanismo de coordinación: el Estado. Por otra parte, el Mercado no se basa en la acción guiada por el interés colectivo –lo que en otras palabras podemos llamar la responsabilidad social-, sino que por el interés privado, por lo que no ofrece ninguna garantía para la mejora de la educación ni para su estabilidad en el futuro. Al no ser el Mercado el indicado para responder a este problema, no hay motivos para tratarla como una mercancía.



[1] Al respecto véase la editorial del diario La Tercera del día lunes 20 de junio de 2011, titulada Educación superior: la solución no es más Estado. http://diario.latercera.com/2011/06/20/01/contenido/opinion/11-73447-9-educacion-superior-la-solucion-no-es-mas-estado.shtml