Toda la historia de la humanidad ha sido una lucha entre la sabiduría y la estupidez. Los ángeles rebeldes, los seguidores de la sabiduría, han tratado siempre de abrir las mentes; la Autoridad y sus iglesias han tratado siempre de mantenerlas cerradas. Y durante la mayoría de ese tiempo, la sabiduría ha tenido que trabajar en secreto, susurrando su palabra, moviéndose como un espía a través de los lugares humildes del mundo, mientras que las cortes y los palacios son ocupados por sus enemigos.

lunes, 6 de julio de 2015

El nuevo mapa de la izquierda

La práctica política marxista exige el “análisis concreto de la situación concreta” que nos decía Lenin, lo que implica detectar las particularidades del momento y lugar donde se pretende hacer política. Esto excluye, de inmediato, la repetición mecánica de fórmulas, frases y citas extraídas de otro momento, aplicadas a otro contexto. Es importante señalar esto, dado que el mapa de la izquierda ha variado considerablemente en los últimos años en Chile, lo que hace insostenible seguir pensando o haciendo política en base a una imagen pasada. Dos son los factores fundamentales de este cambio: i) el ingreso del Partido Comunista al conglomerado neoliberal de la Concertación y ii) el viraje y maduración política de una serie de orgánicas ligadas principal, aunque no exclusivamente, al mundo universitario (aquí nos referiremos a la Izquierda Libertaria (IL), Izquierda Autónoma (IA) y Unión Nacional Estudiantil (UNE)). Seguir tratando a estos dos grupos de la misma forma en que se hacía cinco, diez o quince años atrás, claramente da cuenta de la ausencia de un análisis concreto del momento concreto, necesario para hacer política en serio.

Composición y posición de clase

En la entrevista “La filosofía: arma de la revolución”, Louis Althusser señala la distinción entre el “instinto de clase” proletario y las “posiciones de clase” proletarias. Él dice que los obreros tienen desarrollado el instinto propio de su clase, que le facilita el paso a las posiciones (políticas) propias de su clase, mientras que los intelectuales (como él) tienen un instinto de clase pequeño burgués, el cual debe ser revolucionado, pasando por una “reeducación larga, dolorosa, difícil”, si es que se quiere llegar a adoptar las posiciones de clase del proletariado. Dejando pendiente un debate más profundo sobre el “instinto” de clase, me parece que la idea de Althusser es entendible y razonable. Sobre todo quienes militamos –y quienes venimos de orígenes burgueses o pequeñoburgueses- entendemos muy bien, porque lo hemos visto y vivido, que la clase tira. La clase pesa, y es por ello que cuesta asumir posiciones políticas proletarias sin dejarnos caer en las tentaciones del ultraizquierdismo[1] o del reformismo.
Por lo anterior, la distinción cobra importancia a la hora de levantar una organización de aspiración revolucionaria, cuyo horizonte sea la emancipación de los trabajadores. Una orgánica con composición de clase obrera contará con ese instinto de clase que facilitará el paso a posiciones de clase obrera. Una organización primordialmente estudiantil, tendrá un instinto burgués, o pequeño burgués, que dificultará su tránsito a posiciones políticas obreras, siendo más susceptible de caer en posiciones ultraizquierdistas o reformistas. En este sentido, la gran ventaja del PC respecto al resto de las organizaciones de izquierda, es su composición de clase. Desde su formación, a comienzos del siglo XX, el PC fue por excelencia un partido obrero, diferenciándose incluso del PS, cuya composición de clase era más heterogénea. La composición de clase del resto de las organizaciones de izquierda a las que aludo, es primordial o totalmente pequeño burguesa (o abiertamente burguesa).
Ahora bien, es evidente que no basta ser obrero para sostener una posición de clase obrera. Ni tampoco es imposible para un pequeño burgués vencer su instinto, a través de esa reeducación difícil (que debe implicar la investigación profunda del marxismo y la práctica política; la militancia). En este sentido, Nicos Poulantzas, refiriéndose a las “categorías sociales” (grupos sociales como los estudiantes), advierte el error que es tanto sobreestimar como subestimar el peso de la adscripción de clase. No se puede pensar que un pequeño burgués, por serlo, está condenado, inapelablemente, a sostener posiciones políticas pequeño burguesas. Tampoco se puede pensar que da lo mismo la composición de clase de una organización, sin ver la necesidad, planteada por Althusser, de un trabajo de formación mucho más exigente en el caso de una organización no obrera.
De esta manera, si bien la composición de clase de una organización es un factor muy importante que debe ser considerado a la hora de pensar una práctica y un programa político, no necesariamente determina de manera mecánica el quehacer de una organización en particular. Pero entonces, el problema que surge es: ¿cómo saber cuál es la posición política de la clase?
Para responder a esa pregunta, una vez más es necesario volver a Lenin: análisis concreto de la situación concreta. Sólo así se podrá tener claridad respecto a las necesidades de la clase obrera, sus condiciones objetivas y subjetivas, la correlación de fuerzas, las características del Estado, etc. Sólo sobre un diagnóstico acabado, se puede trazar un programa que permita avanzar en la dirección correcta. En este sentido, creo que la izquierda ha tendido a converger –aunque a destiempos- en una lectura y un marco de acción, dando pie a estrategias que, en su nombre, hablan de su similitud: revolución/ruptura/apertura democrática. Sin entrar en el detalle, me parece que ese es el plan de acción que una organización revolucionaria debiera seguir en este momento, enriqueciéndola en sus aspectos más débiles y aplicándola con audacia y originalidad.
Ahora bien, es precisamente en esta relación entre la composición de clase y la posición de clase (considerando ésta como la mencionada anteriormente) de estas organizaciones de izquierda, donde podemos ver la principal variación en el último tiempo.
Por una parte tenemos al PC, que en su tesis de “revolución democrática” plantea que lo esencial en este período es la superación del neoliberalismo. Sin embargo hoy están inmersos en una coalición política profundamente neoliberal. Y esto hay que aclararlo a ciertas personas que se olvidaron del marxismo (salvo de las citas clásicas repetidas como mantra): el neoliberalismo de la Concertación[2] no está dado por el discurso o voluntad de sus dirigentes; obedece a la clase de la que es representante. No es posible creer en un viraje político profundo de la Concertación, si su estructura de clases sigue siendo la misma, si siguen representando a los mismos empresarios que se benefician del neoliberalismo. Los ejemplos abundan abusivamente por estos días. Una reforma tributaria hecha con el gran empresariado, financiamientos a campañas con dinero del yerno de Pinochet, una reforma laboral que no toca los puntos fundamentales exigidos por el sindicalismo, entre otros. Por ello es necesario repetir que el neoliberalismo no puede ser superado en el seno de un conglomerado neoliberal. El neoliberalismo no puede ser superado con reformas neoliberales. El neoliberalismo no puede ser superado perfeccionando el neoliberalismo.
Por este motivo, si bien el PC mantiene una composición de clase proletaria, hoy ha abandonado una posición política de dicha clase, para adscribir a la posición de la fracción hegemónica de la clase dominante: el empresariado progresista (cuyo máximo exponente mediático probablemente sea Jorge Awad) que entiende que son necesarias ciertas reformas para que el modelo se mantenga estable. Aunque el PC siga siendo obrero, aunque siga teniendo una inserción de masas superior, aunque siga haciendo un trabajo de base de izquierda, como colectivo, como totalidad, está subsumida (¡y cuánta subsunción!) en el proyecto reformador de la clase dominante.
Por el contrario, los otros colectivos de izquierda (IL, UNE, IA), han dado un viraje que demuestra madurez y crecimiento político. Salir de la universidad, la disputa del Estado, la inserción de masas, el programa de ruptura/apretura democrática, nos hablan de una izquierda más madura, diferente del clásico colectivo tan encerrado en la universidad, que incluso llegaba a coquetear con el gremialismo en términos ideológicos. Hoy ya no es sostenible seguir afirmando que estos son grupos de izquierda pequeño burgueses o burgueses en el sentido en que se hacía años atrás, pues precisamente el viraje que han dado da cuenta del compromiso de abandonar las lógicas de la izquierda universitaria, para pasar a ser una izquierda de masas, que dispute el poder en beneficio de los trabajadores. Que queda mucho camino por recorrer, queda. Que hay muchas falencias que subsanar, las hay. Que la composición de clase juegue en contra, es algo que habrá que combatir, con formación y política, donde la inserción en el mundo laboral es una tarea primordial.
De esta manera, el argumento trillado que acusa infantilismo, ultraizquierdismo y ser pequeñoburgueses, en contraposición al carácter inmaculado del partido de los trabajadores, se diluye. Es un recurso nostálgico, que apela a una realidad que ha cambiado. Los militantes de un conglomerado que genera leyes con el gran empresariado no tienen cara para decirle a nadie que le hacen el juego a la derecha, o que son burgueses (paradójicamente, es el mismo discurso que le predicó la Concertación al PC durante 20 años). Al menos no la tienen en términos políticos, siempre se podrá llevar todo al debate moralino de “quién es más pobre”.

El peso de la historia

De la misma manera en que la composición de clase no garantiza que el proyecto sea de la clase, la historia tampoco. Parte de la fe que los militantes del PC depositan en la rectitud de su línea política, está dada por la tradición partidaria. Una historia que emerge en el seno de los sectores más conscientes de la clase obrera del siglo XX, organizada en torno a la FOCH. Una historia que se ha escrito en las mismas páginas en las que se ha escrito la historia de la clase obrera, sufriendo las mismas penurias, las mismas miserias. El PC ha sufrido como ningún otro todas las olas de represión a la clase obrera. Más de un siglo de una historia muy rica, del que llegó a ser unos de los tres grandes partidos comunistas de Occidente.
Con esa enorme mochila es que se relaciona con otras organizaciones de izquierda, argumentando una tradición ligada al pueblo. Es cierto, es innegable esa historia de lucha junto al pueblo, la que no tienen (o no a ese nivel al menos) IL, UNE ni IA. Pero un análisis materialista no se hace en base a la historia, en abstracto, como si ésta operara como una suerte de fuerza astrológica invisible que determinará el quehacer presente. Porque, que quede claro, la política actual del PC no es congruente con esa historia. No porque en el pasado se actuó de cierta forma, todo lo que se haga ahora es parte de ese mismo actuar. Los virajes son posibles, las rupturas son posibles. La práctica política es algo concreto, permeable por el contexto (sobre todo si no se toman los resguardos teóricos para proteger dicha práctica de los asaltos de la ideología dominante). La historia no opera como un guardián espiritual que protegerá por siempre la línea política, garantizando que ésta sirva a los intereses de los trabajadores.
Es cosa de ver el caso del Partido Comunista Italiano. El partido de Gramsci, el más grande de los partidos comunistas de Occidente, con una tradición teórica y política riquísima. Con toda esa historia, con todos esos antecedentes, de cualquier forma terminó sucumbiendo a pretensiones socialdemócratas que incubaron una crisis que le impidió hacer frente a la caída de los socialismos reales. Hoy el PCI no existe; otros grandes partidos comunistas, como el francés o el español,  terminaron abrazando el eurocomunismo, que en realidad es una variante izquierdista de la socialdemocracia. Por lo tanto, si le ha pasado a otros partidos, con una historia casi o igual de rica, ¿por qué no le puede pasar al PC chileno?
De manera inversa, la historia de las orgánicas de izquierda a las que me he referido, está más ligada a un espacio reducido –el estudiantil-, a la marginalidad, al estancamiento. Sin embargo, no ver la ruptura respecto a ese pasado que hay en las candidaturas congresales de la IA, en el viraje orgánico y político de IL, y en el esfuerzo de unión de diversas organizaciones realizada por la UNE, es, sencillamente, negar la realidad concreta. Aquí, nuevamente, hay que ser enfáticos en señalar que la historia pesa, generalmente ejerce una inercia, pero no es un garante del presente o futuro. Tanto en el PC, como UNE-IL-IA hoy se encuentran en un proceso de ruptura respecto a su pasado. Los últimos, un viraje positivo, hacia adelante, que desafía una historia pequeña. Los primeros, un viraje negativo, hacia atrás, que deshonra una historia gigante de compromiso y lucha.

El mapa de la izquierda

Este reordenamiento de la izquierda en Chile configura un escenario totalmente nuevo, sobre el cual es necesario decir algunas cosas. Probablemente el ingreso del PC a la Concertación sea uno de los hitos más grandes dentro del mapa de la izquierda, en tanto ésta se queda sin el que era su mayor referente. Porque no se puede ser de izquierda y ser neoliberal. Y esto va más allá de sus militantes particulares –muchos de los cuales merecen todo nuestro respeto y admiración-; porque este debate no es psicológico o subjetivista. Es el aparato partido, como una totalidad, como una síntesis, el que hoy participa en un proyecto de restauración neoliberal y es, por tanto, neoliberal –aunque sea por omisión, para no ser tan tajantes-. Por lo tanto, el terreno vacío que queda en la izquierda es gigante.
Y precisamente el desafío está ahí: cómo volver a poblar ese espacio en la izquierda que el PC dejó. No se trata de hacer un PC 2.0, sino de cómo se levantan nuevos movimientos, nuevas organizaciones, nuevos partidos que sean capaces de llenar ese vacío con originalidad, con audacia, con creatividad. La tarea es difícil, pero no imposible. Tenemos los ejemplos del MAS en Bolivia, del Podemos en España, de Syriza en Grecia. Aunque cada uno responde a un contexto particular, se trata de nuevas organizaciones de izquierda, que han sabido ocupar un espacio vacante en la izquierda, que han sabido leer las demandas populares para encarnarlas en un programa que entendible y creíble. El pueblo ha empezado a ver a esas organizaciones a los representantes de sus intereses y los han favorecido con su voto por ello.
En Chile estamos varios pasos más atrás, pero no por eso vamos a renunciar a esa tarea. Al contrario, se hace más necesario que nunca. En ese sentido, son estas tres organizaciones: IL, UNE, IA, las que parecen haber entendido que este es el desafío hoy; la reconstrucción de una izquierda con inserción de masas, con vocación de poder, con capacidad de representar los intereses del pueblo. Las críticas que podemos hacerles son muchas (se mencionaron al menos dos; su composición de clase y su historia), las diferencias pueden ser también considerables. Pero en un escenario donde hay tantas necesidades tan urgentes, donde el movimiento social se encuentra en un estado tan incipiente y el Estado neoliberal parece todopoderoso, se celebra el crecimiento y la madurez que implica aceptar ese desafío y recoger el guante. No son decisiones fáciles, pero es lo que hay que hacer si se quiere dejar de ser la izquierda que predica cómoda sin ensuciarse las manos. Y hoy esta es la izquierda que recoge el guante, se arremanga y mete las manos al barro. No podemos decir que todo se hará o se haya hecho bien, que no se cometerán errores. Pero es el primer paso y quizás el más difícil. Por eso muchas de las críticas no se corresponden con la actualidad y obedecen a un pasado que ya no existe. Para quienes creemos firmemente en la necesidad de terminar con el neoliberalismo, entendemos que el espacio de construcción política está ahí, con todas las deficiencias que podamos detectar –sobre todo quienes venimos de una tradición militante tan distinta- y es a ese molino donde hay que echar agua si queremos tener una izquierda de masas con fuerza política para cumplir con las demandas del pueblo.



[1] En especial sobre ese ultraizquierdismo, Althusser lo señala muy bien cuando habla de la “deuda imaginaria” que se crean algunos jóvenes de origen burgués o pequeño burgués por no haber nacido proletarios. Una deuda imaginaria que intentan pagar con voluntarismo y el discurso más radical posible. Cualquiera que haya pasado por la universidad podrá dar testimonio de este comportamiento (muy cristiano por lo demás).
[2] Porque, digámoslo, la Nueva Mayoría sigue siendo la Concertación.

domingo, 21 de septiembre de 2014

El PC frente al gobierno de Frei Montalva


Todos nosotros, cual más, cual menos, sin excepción alguna, fuimos prisioneros del ambiente que nos rodeaba, de las concepciones democrático-burguesas que dominaban en la vida política y cultural del país. Esta ha sido, ante todo, una debilidad ideológica. Su reconocimiento abierto es más que necesario, indispensable, para que todo el Partido le preste atención al estudio, le dé más importancia a la teoría…”
Luis Corvalán, sobre el PC durante el gobierno de Allende.

El pasado 4 de septiembre se cumplían cuarenta y cuatro años del triunfo en las urnas de Salvador Allende, pero también cincuenta del triunfo de Eduardo Frei Montalva. Con esa ocasión, el presidente del Partido Comunista dedicó unas palabras en el Congreso[1], y realizó un análisis de lo que significó la figura de dicho presidente. Sus palabras, aparte de usar un lenguaje innecesariamente conciliador, son una flagrante negación de las posturas políticas que adoptó el PC en el gobierno de Frei y omiten groseramente la posición abiertamente golpista que él adoptó durante el gobierno de la Unidad Popular. Falsear los hechos a través de las palabras es insostenible, pero lo más preocupante es cómo paulatinamente el discurso del PC se va alejando de su propia terminología y análisis, para ser colonizados por los del sentido común de la centro “izquierda” que representaba la Concertación. Vamos por parte.
El 10 de octubre de 1965, el secretario general del Partido Comunista, Luis Corvalán, presentaba un informe político al XIII Congreso de dicha colectividad, titulado “Nuestra táctica en las condiciones de un gobierno reformista burgués”[2]. En él se caracterizaba las posiciones que debiera adoptar el PC frente al gobierno encabezado por Frei, las cuales sintetizaré en el siguiente punteo:
-        Se daba cuenta de cierta heterogeneidad en la DC, en tanto coincidían en su interior sectores progresistas y sectores reaccionarios.
-        Dicha heterogeneidad generaba un marco de coincidencias que había que aprovechar impulsando la unidad de sectores progresistas tanto en el gobierno como en la oposición.
-        No obstante lo anterior, el PC se define como un partido de oposición.
-        Asume tal posición porque entiende que i) la política de la DC es de orientación burguesa, mientras que la del PC proletaria, y que ii) el objetivo de la DC es “salvar el capitalismo en Chile e impedir la revolución popular y el socialismo”.
-        El PC reconocía que la DC no se proponía lograr su objetivo a la vieja usanza de la reacción, sino que con métodos y lenguajes modernos, en particular con un trabajo de masas, que atendiese ciertas necesidades de sectores populares.
-        Por ello uno de los llamados principales del Informe era lanzarse al trabajo de base, disputándole los sectores proletarios y campesinos a la DC.

Resumiendo, si bien se hacía el llamado a detectar con precisión aquellos aspectos en los que había coincidencias con el gobierno, para poder impulsar cambios en unidad con los sectores progresistas en él, la relación en términos generales era de lucha y oposición, porque el PC entendía claramente que tras la agenda de cambios y reformas de la DC, estaba el objetivo de impedir la revolución popular en Chile, lo cual era contradictorio con su propio objetivo.
En este marco, frases dichas por Teillier como “Podemos afirmar con la mirada de hoy que las reformas que llevó adelante el gobierno encabezado por Eduardo Frei Montalva creaban las condiciones y la necesidad de que el gobierno que lo sucediera fuera del mismo signo o de una posición que de alguna manera diera cuenta de los sentimientos del país” pierden todo sentido, en tanto hacen una abstracción insostenible. Es cosa de remitirse al Informe citado, incluso a textos posteriores del mismo Luis Corvalán.
No se puede entender el gobierno de la DC y de la UP como del mismo signo. Eso significa renunciar a lo más elemental que buscaba el gobierno de Allende, significa obviar disentimientos estratégicos e ideológicos irreconciliables, significa omitir una diferencia fundamental: la postura respecto al socialismo. Cuando mencionaba que se abandona la terminología y análisis propios, me refería a esto precisamente. Las palabras de Teillier no provienen del PC, no reflejan la política del PC en ese tiempo, ni incluso, como mencioné, los análisis retrospectivos posteriores. Por ejemplo, el diputado menciona la política de “promoción popular” como parte de un “complejo superior de reestructuración nacional y profundización de la democracia en Chile”, mientras que Luis Corvalán entendía que aquello correspondía a la lucha ideológica que sostenía la DC con la izquierda: “mediante el paternalismo, el corporativismo y acciones limitadas de tipo reivindicativo se orientaban a ganar a las masas tratando de impedir que se sumaran al proceso revolucionario en marcha. En esto consistía la “Promoción Popular” de que tanto hablaban.[3]
La diferencia sustancial entre la lectura de Corvalán, que representa la lectura que hizo y ha hecho siempre el PC, y la de Teillier, es que la primera lee las orientaciones ideológicas y estratégicas de cada posición política, vinculándolas a un proyecto de clase, mientras que la segunda se queda en la celebración de la mera reforma; el cambio como algo bueno en sí. No creo que sea necesario explicitar cómo se llama aquella posición política que reivindica las reformas por las reformas, sacándolas de cualquier marco estratégico que apunte a objetivos de largo plazo.
Ahora bien, cabe preguntarse por qué Teillier querría hacer esta depuración de las diferencias ideológica-estratégica entre Frei y Allende; depuración de todo resabio socialista claramente. ¿Es un gesto “para afuera” sólo por la unidad de la Nueva Mayoría? Si fuera así, es totalmente innecesario, oportunista y, sencillamente, indigno. Las alianzas políticas no se hacen en base a la amistad o a un purismo ideológico-político absoluto; son estrictamente políticas, lo cual permite la realización de alianzas con grupos políticamente diferentes. Sin embargo, renunciar a la autonomía y a la identidad propia, sólo por mantener dicha alianza, debe poner sobre la mesa preguntas existenciales respecto a la misma. ¿Qué clase de alianza es esta, que el PC debe renunciar a su historia, a sus posiciones políticas históricas? El comunista es un partido con 102 años de historia marcados por la lucha, por representar los intereses de la clase obrera, por militantes ejemplares que dieron la vida por el socialismo. Falsear la posición del PC, tergiversarla, es un insulto a esa historia inmensa. Y se puede esperar de la derecha, de sectores anti PC, pero no de un militante de dicha organización, menos su presidente.
Sin embargo, la posibilidad más preocupante es que no sea un mero gesto, sino un giro real en la lectura de los acontecimientos. Lo grave aquí es que abiertamente se estarían bajando las banderas comunistas para enarbolar otras, ajenas a la historia y tradición del PC. Esto significaría un profunda crisis ideológica en dicha organización, donde lo que está en riesgo es, por una parte, el marxismo y, como contracara, el socialismo. Si las palabras de Teillier reflejan la visión del PC, ¿qué diferencias hay entre éste y el PS o el PPD? Porque si la diferencia fundamental, aquella que va más allá de las formas, entre Allende y Frei –que el primero buscaba el socialismo mientras que el segundo quería impedirlo- es omitida de manera evidente por el presidente del PC, es razonable asumir que es porque dicha diferencia ya no tiene sentido. Justamente la actitud contraria adoptada por el PC en el período del ’64 al ’70: reivindicar las diferencias ideológicas y estratégicas de dos proyectos políticos distintos, más allá de que la coyuntura pudiera permitir coincidencias y avances en conjunto. Más allá de la consigna fácil, ¿interesa el socialismo hoy al PC? Si es así (ojalá que lo sea), ¿por qué no se refleja en el análisis que hace su presidente sobre el gobierno de Frei Montalva?
Esto en lo que respecta a los términos más generales, pues si vamos a aspectos más particulares, la lectura tan forzosamente conciliadora de Teillier se hace aún más incomprensible. ¿Acaso se olvidó los millones de dólares que recibió la DC de parte de Estados Unidos precisamente para evitar el triunfo de Allende? Porque los gringos, nada de tontos, entendían que la posición medieval de la derecha tradicional era un caldo de cultivo para el descontento popular y, por lo tanto, representaba un mayor riesgo en términos de la posibilidad de que una coalición socialista llegara al poder. De esta forma, entendían que tenían que apoyar a aquellos que propusieran cambios, a los que atendieran las demandas populares, pero que lo hicieran para impedir el socialismo.
Y qué decir de esta frase: “Evidentemente, la obra política de Eduardo Frei Montalva no se enmarca sólo en el periodo de su gobierno. Antes y después jugó un papel relevante en la política nacional como parlamentario y ministro.” El papel relevante que jugó posteriormente como congresista fue ser una piedra de tope constante para el gobierno, participando en el sabotaje orquestado por la derecha para que el Congreso le negara la sal y el agua al gobierno popular. Frei Montalva era de las voces que prácticamente llamaba al golpe, pues sostenía –y este era el mensaje que difundía al mundo- que la UP tenía un ejército guerrillero paralelo y que planeaba un autogolpe (una de las tantas fantasías que inventa la reacción). Frei encabezaba el ala derechista de la DC, aquella que se frotó las manos con el golpe, porque esperaba que después de que los militares pusieran orden, le pasarían el mando a un candidato de unidad y consenso entre quienes eran oposición a Allende, que era nada menos que él mismo. Cuando, más tarde, vio que el tiro le salía por la culata y que los militares no le cederían el poder a nadie, decidió sumarse a la oposición.
Entonces, uno lee a Teillier y se pregunta qué está pasando en el PC. Por qué estas palabras, innecesarias si son un gesto, claudicantes si representan un giro real. Porque de una cosa se puede estar seguro: la suya no es la posición del PC. Basta leer a Corvalán, sus informes políticos de la época y los análisis posteriores, para darse cuenta que la posición de ese partido respecto a Frei es la que corresponde a una colectividad de izquierda: crítica y marcando las diferencias, sin que esto implique negar de manera a priori (ningún análisis marxista serio sobre la realidad puede permite el a priori) coincidencias y avances.
Sería positivo que los militantes comunistas salieran al paso de estas declaraciones, porque permitiría evaluar su impacto y en qué medida deben ser leídas. Si la militancia las avala, entonces empieza a quedar en claro que existe una crisis política ideológica seria en el PC. Cuando las propias bases ideológicas no se trabajan y se dejan estar, repasándolas superficialmente y en base a mucha consigna, se desgastan. Y cuando eso ocurre, es fácil ser permeado por la ideología dominante que, como bien sabemos, no es otra sino aquella de la clase dominante. Es lo que se plantea en la cita inicial.[4] Con el progresismo pueden haber coincidencias, pero es una ideología burguesa y bien se puede decir lo mismo de ella que lo que decía Corvalán de la DC en los ’60: con un lenguaje reformista, lo que quiere es impedir el fin del neoliberalismo en Chile. Por el bien de la izquierda y de la clase trabajadora, esperemos que el PC no se convierta en un partido progresista. Discursos como el de Teillier sobre Frei Montalva, siembran un manto de dudas al respecto.




[2] Luis Corvalán, “Nuestra táctica en las condiciones de un gobierno reformista burgués”, en Tres períodos en nuestra línea revolucionaria, Berlín, Verlag Zeit im Bild, 1982, pp. 11-24.
[3] Corvalán, Los comunistas y la democracia, Santiago, LOM, 2008, p. 32.
[4] Corvalán, Santiago-Moscú-Santiago, Berlín, Verlag Zeit im Bild, 1983, p. 63.

martes, 2 de septiembre de 2014

Teorizar con el martillo

En 1889 se publicó “El crepúsculo de los ídolos”, del filósofo alemán Friedrich Nietzsche, cuyo subtítulo, “o cómo se filosofa con el martillo”, era una manifestación clara de la intención provocadora del autor. El propósito de Nietzsche era ambicioso pero muy sencillo en términos de sus pretensiones: su filosofía tenía que ser un martillo con el cual echar abajo a golpes los cimientos culturales de la Europa occidental de fines del siglo XIX, en particular, contra el cristianismo y su moral. El subtítulo (y toda su obra, por cierto) es una toma de partido, un posicionamiento en un campo de disputa. Y no sólo una ubicación, sino que una declaración de guerra abierta, sin concesiones, sin puntos intermedios, pero también muy honesta y transparente, contra todo aquello que Nietzsche consideraba erróneo o enfermo en la sociedad en la que le tocó vivir. Más allá del contenido mismo de la obra del filósofo alemán, o de los usos que posteriormente se le puedan haber dado a ésta, vale la pena rescatar esos dos elementos.

1°: la toma de partido

Como decíamos, Nietzsche toma partido. Toma partido en oposición a la dominación cultural del cristianismo, contra el cual le dirige prácticamente todo el arsenal con el que cuenta: una extensa y potente obra filosófica. A más de 125 de la publicación del texto mencionado, la toma de partido es algo escaso. ¡Y cómo no! La consecuencia del derrumbe de los socialismos reales fue que el capitalismo pasó la aplanadora (o retroexcavadora) para anular política, teórica e ideológicamente a la única alternativa que había osado hacerle frente: el socialismo. En lugar de un campo de disputa, hoy queda un terreno estéril, pacificado, sin trincheras. Esto ocurre porque la enseñanza brutal que dejó todo esto es que el socialismo no es una alternativa, por haber demostrado ser, además de brutal y sanguinario, ineficiente en términos productivos. En ese caso, ¿quién va a querer ubicarse en sus trincheras? De esta manera, el campo unificado que queda, asfixiado por la idea hegemónica del fin de los metarrelatos y el fin de la historia, no es campo de toma de partido, pues se han diluido todos los gérmenes de conflictividad teórica y política a su mínima expresión, a meras diferencias respecto a detalles técnicos o comunicacionales (de marketing).
Frente a ese panorama político, en el campo de las ideas nos encontramos, por una parte, con el abandono de la pretensión de comprender la realidad en la que vivimos, inventando una serie de conceptos para ello (modernidad líquida, sociedad del riesgo, etc.). Por otra están todas esas modas filosóficas que empiezan con “post” (postmodernismo, postmarxismo, postestructuralismo), desesperadas por superar y desmarcarse de todo lo anterior a ellas. La situación en común es el evitar tomar partido. Los defensores de estas ideas, que tengan sentimientos de izquierda (sobre todo los “post”) podrán salir al paso, indignados, a decir que dichas corrientes de pensamiento son críticas de la realidad y herramientas para la crítica social. Siendo muy generosos, podemos conceder el punto. Sin embargo, ya sea bajo el argumento de que la complejidad impide entender a cabalidad la sociedad –y, en consecuencia, no se puede levantar una crítica sólida- o bajo el argumento de una crítica “radical” a todo, lo que queda en definitiva es un no tomar partido por nada. No se toma partido porque es indeterminable o porque todas las opciones son malas. Al final nos encontramos con el nihilismo (creer en nada) por debajo, el cual subyace a estas modas teóricas impidiendo que tengan un potencial de transformación. Porque el nihilismo se conforma (o se constituye) con la mera denuncia, o la pataleta teórica, nunca como la toma de partido, la cual exige creer en algo.
La crítica nihilista, la crítica que no toma partido, no es más que una rabieta en la que no hay voluntad de transformación de la realidad, porque la realidad se cambia –valga la redundancia- en la realidad, no en el mundo de las ideas. Ciertamente necesitamos ideas para cambiar la realidad, pero es inevitable el paso de meterse en la realidad. Y ese involucramiento con la realidad es la política, porque para cambiar el mundo no bastan las declaraciones y los testimonios, por muy radicales y puros que sean; el mundo se cambia con la política. Y como ésta se involucra tan íntimamente con la realidad, es sucia, complicada y conlleva innumerables riesgos, ya que al exigir tomar partido existe la posibilidad de encontrarse en el bando que pierde, que es derrotado, que se equivoca y falla en sus objetivos. Pero el que no salta, no cruza el río, y para transformar, hay que ensuciarse las manos, meterse al barro.
¿Qué queda entonces? Palabrería, testimonios de consecuencia, pataletas teóricas, pequeños círculos en los cuales se reúnen los críticos a criticar todo y amar su crítica y a sí mismos. De tomar partido, nada. De comprometerse, nada. De arriesgarse, nada. Porque la política es algo demasiado mundano y sucio para estas altas cumbres del pensamiento filosófico, porque, ¿qué es pensar los problemas de algo tan vulgar como la pobreza y sus causas, en comparación con una “hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica”? La pobreza misma es sucia e ignorante, frente a la pureza de las ideas. Porque nada es digno, salvo un cúmulo de ideas que, por su lejanía con la realidad, no pueden intoxicarse con ésta, no pueden ser corrompidas por la sucia realidad, sino que se mantienen arriba, brillando en un mundo sin contradicciones donde todos somos doctos y sofisticados.
En mi caso, tomo partido teóricamente por el marxismo y políticamente por el comunismo. ¿Por qué? Porque el marxismo sigue siendo la teoría más consistente respecto a la organización de las formaciones sociales y, en particular, el estudio más profundo de la dinámica del capitalismo. Por otra parte, el comunismo es la alternativa política que se levanta a partir de dicha lectura. El marxismo constata una verdad muy sencilla, pero muy radical que Engels expresa así: el hombre necesita, en primer lugar, comer, beber, tener un techo y vestirse antes de poder hacer política, ciencia, arte, religión, etc. Esa verdad que Marx tuvo que descubrir abriéndose paso entre la “maleza” teórica hoy ha sido olvidada, pues las nuevas formas del idealismo han vuelto a poner un denso velo sobre ella. Me declaro, por tanto, enemigo de todas aquellas corrientes de pensamiento que nieguen, de una u otra forma, esa verdad elemental. Lo menciono para partir predicando con el ejemplo.

2°: filosofar con el martillo

Decíamos que Nietzsche no sólo toma partido, sino que pretende construir una filosofía que le servirá como herramienta para su empresa. Y cuál mejor que el martillo para su propósito de golpear con violencia la cultura occidental hasta echarla abajo. Nuevamente aquí hay un valor escaso, pues no sólo la filosofía, sino que la teoría social en su conjunto, hoy están lejos de constituir una herramienta para echar abajo algo. Un martillo necesita manos que lo empuñen y luego algo que golpear, y en un escenario donde no hay disputa, no hay toma de partido y, por lo tanto, no hay nada que golpear. De esta manera, actualmente la teoría es una herramienta mellada, sin filo, sin agudeza, sin capacidad de perforar profundamente la realidad que le rodea. Hoy la teoría es algo inofensivo.
Ahora bien, es lógico pensar en la teoría como algo dócil cuando no se ha tomado partido y, por ello, no hay nada a lo que golpear. Por esto, lo primero es tomar partido, trazar una línea de demarcación entre las ideas que aceptamos y aquellas que rechazamos. Porque, como bien decía Mariátegui, para nosotros hay ideas buenas y malas. De eso se trata tomar partido. Y una vez que hay claridad de cuáles son las ideas malas, ¡no hay que dudar en usar el martillo!
La idea de teorizar con el martillo exige tomar partido y actuar en consecuencia, esto es, terminar con la cobardía intelectual y con una concepción liberal de pluralismo basada en la idea del “laissez faire” (“dejar hacer”). Una mala concepción de pluralismo en la cual se aceptan la pluralidad de visiones porque cada una tiene su verdad, negando la posibilidad de que exista una verdad, porque la lección histórica que nos enseñó el bloque dominante que triunfó a comienzos de la década de los ’90, es que eso es totalitario. La exigencia es, entonces, rechazar estas ideas y decir, sin vergüenza, que hay ideas buenas y malas, y estas últimas deben ser rechazas y combatidas (que es distinto a postular que deben ser perseguidas). En esta empresa no debemos dudar en desarrollar teoría que sea martillo, ¡no debemos vacilar en teorizar a martillazos!
¿Y por qué es tan necesario? Porque el triunfo aplastante del bloque capitalista arrasó con todo campo de disputa, haciendo creer que las eras de las disputas se acabaron. Hacen ver su triunfo no como un triunfo, sino como el desenlace natural de una disputa que siempre estuvo ganada y por lo tanto como el fin de todas las disputas (fin de los metarrelatos, de la historia, etc.). Y aquí hay una primera idea que hay que echar abajo a martillazos: el fin de la lucha de clases como motor de la historia. O peor aún, ¡el fin de las clases! De esta manera podemos situarnos en el campo teórico entendiendo que éste forma parte de una sociedad en particular y que, por tanto, forma parte de los conflictos de esa sociedad, en los cuales distintos segmentos de ésta luchan por algún objetivo que es antagónico con aquel del grupo con el que compiten (en las sociedades capitalistas, el conflicto más relevante –no el único- es el que se da entre las clases). Negar el carácter conflictivo del campo intelectual es aceptar la fábula que inventó Fukuyama y que repiten día a día los neoliberales recalcitrantes.
Por otra parte, la idea de que no hay nada en disputa es muy cómoda para las clases dominantes, porque cuando no hay nada en juego se permiten cosas que en un contexto en el cual hay algo en riesgo no se permitiría. Frente a la posibilidad de perder algo al adversario o enemigo no se le hace ninguna concesión, por eso las peleas intelectuales solían ser tan apasionadas y a la vez tan rigurosas (en el siglo XX), cuando sí se teorizaba con martillos. Por eso hoy somos testigos de que cualquier persona puede escribir cualquier charlatanería “teórica” con absoluta impunidad, sin que nadie salga al paso a poner freno a tanta palabrería desenmascarando el vacío que esconde tras frases construidas a partir del sentido común o con mucha sofisticación lingüística. El relajo teórico ha permitido la total falta de rigurosidad y profundidad, generando un caldo de cultivo para los charlatanes que viven del engaño. Terminar con la impunidad teórica es un imperativo actual, para lo cual es necesario un martillo, cuya solidez y fuerza dependerá del rigor teórico con que se construya. Sólo aceptando que la teoría es un campo de lucha donde podemos ganar y perder mucho, se puede actuar con voluntad de ganar. Esa es la voluntad que permitirá construir una teoría sólida que permita abrirse paso a través de quienes no dejan avanzar, dejando atrás a quienes engañan y se enriquecen vendiendo humo y venciendo a quienes nos niegan. ¡Abrirse paso a martillazos! Porque ninguna teoría nace de un parto sin dolor.
El llamado a teorizar con el martillo es, pues, sincerarnos respecto a las características del campo teórico como un terreno de lucha y a abandonar el miedo culposo que se nos ha impuesto respecto a luchar, respecto a defendernos de quienes consideramos amenazas y respecto a usar el martillo. Teorizar con el martillo es algo natural para quienes sabemos que estamos disputando cosas y que, en ese marco, queremos ganar, lo que implica ganarle a alguien. Se trata de constatar un hecho y asumirlo de la única forma en que se puede asumir: con el martillo. Se trata además de recuperar el rigor teórico, que es el único capaz de generar conocimientos del mundo en el que vivimos.
Aquí hay ideas malas, muy malas, y no hay por qué “dejarlas hacer y dejarlas pasar”. Hay que decir abiertamente que Pilar Sordo dice estupideces derechistas disfrazadas de clichés sacados del sentido común (y además le pagan mucho por ello); que Gabriel Salazar es un liberal y, en tanto tal, no sirve a un proyecto de izquierda; que las modas “post” son pura paja molida que no hablan de nada en concreto y afirman fantasías insostenibles como que ya no existen las clases. Para quienes consideramos todas esas ideas abiertamente malas, ver que proliferan con tanta impunidad genera rabia. Es hora de hacer algo productivo con esa rabia y volver forjar una teoría sólida y rigurosa que sirva para usarla a martillazos.

viernes, 7 de junio de 2013

Ojo con las justificaciones “históricas”

Se ha puesto muy de moda validar la actual línea política del Partido Comunista de Chile haciendo comparaciones “históricas” con los gobiernos radicales que comenzaron en 1938 y con nuestra actitud durante la Unidad Popular, a favor de incorporar al Partido Radical a dicha coalición, a pesar de su pasado anticomunista, y por la búsqueda de un acuerdo con la DC hacia el final. La historia siempre da lecciones de las cuales debemos sacar aprendizajes para fortalecernos y nutrir nuestra práctica política, pero eso no quiere decir hacer abstracciones de situaciones pasadas concretas para importarlas a un presente también concreto. La práctica política marxista es la práctica política de la particularidad y, por lo tanto, lo que se le exige a los marxistas-leninistas, más que traer a colación una situación histórica determinada, es hacer un correcto análisis del presente y del pasado, y sólo hacer comparaciones tomando en cuenta el carácter concreto y particular de las situaciones que se están comparando.
Es necesario recalcar esto porque la “justificación histórica” a la cual se ha recurrido con tanto ahínco cae en dos errores serios que pueden nublarnos sobre las características particulares de nuestro propio momento actual y, a la larga, terminar en errores políticos que nos alejen de nuestro objetivo de poner fin al neoliberalismo y construir el socialismo.
En primer lugar, esta comparación es abstracta, no concreta. Da cuenta de situaciones aislándolas del contexto específico en que se dieron, de las particularidades de la formación social, de la estructura y lucha de clases, del contexto global y de todos los factores que se deben tomar en cuenta para realizar un análisis exacto del momento actual. No basta con saber que el de Pedro Aguirre Cerda fue un gobierno “progresista” o que contó con el apoyo de los comunistas incluso cuando éstos no participaron del gobierno. No sirve saber que los comunistas se bajaron del gobierno de Gabriel González Videla para apoyar una huelga de trabajadores. Todas estas situaciones no se corresponden a un análisis materialista, ya que describen situaciones en un vacío, despojadas del contexto histórico en el que se dieron.
No pretendo aquí hacer ese análisis exhaustivo de las condiciones concretas del período de aquella época –tarea en la que los historiadores podrían ser mucho más aporte que yo-, pero sí resaltar algunos aspectos que considero relevantes. En primer lugar, la política de alianzas de los Frentes Populares se sustentaba en una amenaza terrible para el pueblo y la izquierda en general: el auge de los movimientos fascistas. El fascismo tenía claros referentes mundiales, traducidos en referentes locales que, en el caso de Chile para 1938 mostraba como referente y candidato presidencial a Carlos Ibáñez del Campo. Frente a una amenaza de ese calibre se entiende una alianza política que apueste a ser una barrera de contención para detener su avance y, por sobre todo, su acceso a la estructura del aparato estatal.
Si hacemos la comparación hoy, y pensamos en el “enemigo” que nos amenaza –el neoliberalismo-, el ejemplo histórico de los frentes populares pierde sentido por un motivo bastante sencillo. En dicha época, el enemigo se concentraba en un referente bien concreto. Hoy, nuestro enemigo está esparcido a lo largo de todo el espectro político, tanto en la derecha como en la izquierda –incluso, yo diría, en la izquierda extraparlamentaria-. El enemigo que nuestra generación está llamada a derrotar es, en ese sentido, mucho más poderoso que el de aquel entonces, porque ha logrado legitimarse y transformarse en hegemónico, en sentido común, en un conjunto de ideas que se sobreponen, que dominan por sobre otras. Esto hace mucho más riesgosa la apuesta política que hemos tomado, en tanto en la Concertación no encontramos un aliado clave para la derrota de nuestro enemigo, en tanto es una coalición que está definida –no sólo influida- por el neoliberalismo.
Aquí hay que hacer algunas aclaraciones también, porque se suele caer en el error infantil de creer que la DC es el ala “derecha” o “neoliberal” de la Concertación. Eso contradice cualquier análisis más profundo y da cuenta de una incomprensión, desde la perspectiva marxista, de la manera en que opera la ideología en una sociedad. Esta idea debe refutarse dando cuenta de que la visión neoliberal está instalada homogéneamente en todos los partidos de la Concertación, y que el hecho de que la DC por definición sea anticomunista y le saque ronchas un acercamiento con nosotros, no los hace más neoliberales. No son más neoliberales que aquellos sectores que se muestran entusiasmados con nuestra inclusión en esta “nueva mayoría”, no porque vean una posibilidad de quebrar este bloque que –más allá de sus diferencias y heterogeneidad interna- es neoliberal, sino porque ven que al integrarnos se puede asegurar el cierre institucional hacia “la izquierda”, haciendo todas las reformas progresistas que sean necesarias para no amenazar el patrón de acumulación de nuestra lumpen-burguesía nacional. Esos sectores se disfrazan de izquierda, pero son los más neoliberales –los que están planificando la mantención del modelo a largo plazo- y, por lo tanto, constituyen la peor amenaza para quienes buscamos avanzar hacia el socialismo.
De esta forma, la comparación histórica hecha en abstracto, presenta el grave riesgo de nublarnos precisamente de estos hechos concretos, que son particulares de nuestro momento actual, y diferentes de otros períodos de nuestra historia. Sobre todo, el mayor riesgo está en que el neoliberalismo es algo instalado homogéneamente en la Concertación y que sus mayores exponentes no son, necesariamente, los sectores anticomunistas de la DC. Por el contrario, la mayor amenaza para nuestro objetivo táctico –el fin del neoliberalismo- puede estar precisamente en los sectores más progresistas, que quieren hacer reformas precisamente para salvar el modelo de desarrollo.
El segundo error al realizar esta comparación es que se pretende validar una tesis política a partir de experiencias que, aunque de manera abstracta, dan cuenta de que algo así ya se hizo en algún momento pero que todas terminaron mal para el pueblo y para nuestro Partido. Es decir, se hace abstracción no sólo de las situaciones concretas donde se llevaron a cabo dichos esfuerzos, sino que, para peor, de los resultados que se obtuvieron.
En el primer caso, los frentes populares con el Partido Radical terminaron con la traición de Gabriel González Videla, la promulgación de la Ley Maldita, la proscripción de nuestro Partido y la persecución y encarcelamiento de nuestros compañeros. Entonces, ¿cómo ponemos de ejemplo una coalición que terminó de esta manera? Bien; el gobierno del FRAP logró derrotar a la opción fascista y tuvo reformas progresistas, pero una experiencia que terminó así para los comunistas no puede considerarse exitosa ni tomarse como modelo a seguir, bajo ninguna forma.
La otra experiencia de búsqueda amplia de unidad fue la UP, especialmente el intento que hubo al final por alcanzar acuerdos con la DC que impidieran una salida abrupta del gobierno. Todos sabemos cómo terminó esa experiencia y el rol que jugó la DC en el golpe de estado. Luis Corvalán en el Pleno del Comité Central realizado el año 1977 hace un análisis de una serie de errores que condujeron a la caída del gobierno popular  y al triunfo de la burguesía y Estados Unidos. ¿Cuántas de estas lecciones estamos considerando a la hora de apostar a “la unidad de la oposición”? ¿Cuáles son nuestras proyecciones si estamos justificando nuestro paso táctico con errores tácticos del pasado? ¿Qué podemos esperar de nuestra tesis si, para defenderla, se recurre a experiencias fallidas?
Pareciera que echar mano de estas situaciones da más cuenta de una carencia de contenido en los argumentos a favor de la actual línea y de la supuesta convergencia programática y, en ese sentido parecen más los manotazos de un ahogado desesperado por agarrarse de algo firme que, en realidad no está ahí. Hoy es cuando los militantes del Partido Comunista y de sus Juventudes debemos detenernos en estos aspectos y desarrollar una mirada crítica, no para decir necesariamente que estamos equivocados –eso quedará sujeto a las discusiones que demos en la estructura-, sino para dejar de repetir consignas vacías que lo único que hacen es obstaculizar una mirada profunda de la realidad en la que nos encontramos. Este tipo de sesgos, amparados en un dogmatismo teórico y orgánico, son los mismos que han conducido a los fracasos de las experiencias socialistas en todo el mundo. Son los mismos que, por no hacerse, impidieron detectar que en la Unión Soviética seguía existiendo relaciones sociales de producción que daban origen a clases distintas, evitando tomar las medidas necesarias para terminar con dicha situación y poder seguir avanzando hacia el socialismo. Son los sesgos que debemos combatir activamente, pues son ellos los que nos van a conducir a la derrota.
Y esto se torna especialmente preocupante al ver las incomprensiones derechistas de la línea partidaria realizada por algunos compañeros que, tristemente, han corrido a enarbolar las banderas de Bachelet (incluso antes de la decisión del Pleno del Comité Central del Partido) sin dar la más mínima señal de una evaluación crítica del rol que debemos jugar los comunistas en una candidatura de este tipo.

domingo, 2 de junio de 2013

Recuperar un horizonte: una tarea de la izquierda revolucionaria

1.     El fin de la historia: un obstáculo real

La idea desarrollada por Francis Fukuyama de que la historia se acabó es controversial y a menudo se le resta valor, pero es necesario detenerse en ella para realizar un análisis de lo que Lenin llamaba “el momento actual” y de las tareas que éste le impone a las fuerzas de izquierda para la construcción del socialismo. Siendo sintéticos, el autor postula que el capitalismo y las democracias liberales son las mejores formas de organización social posibles –esa es la conclusión histórica tras la caída de los “socialismos reales”-, por lo que todos los cambios en pos de mejoras sociales deben estar dentro del marco capitalista-democrático liberal. En este sentido, la historia habría llegado a su fin, porque no existirán cambios revolucionarios o estructurales posibles que alteren el orden capitalista democrático liberal; no hay nada más allá de esto, no hay alternativas, salvo reformas que apunten a mejorar el orden social ya existente.
Pasando a las críticas, es cierto que Fukuyama agarra dos conceptos complejos de dos filósofos complejos (el “fin de la historia” de Hegel y el “último hombre” de Nietzsche) para escribir un best-seller tremendamente pretencioso. Situarse en la cúspide del desarrollo histórico, como un Dios que mira todo desde las alturas del Olimpo, pensando que ya  todo está dicho, además de soberbio, tiene una connotación religiosa innegable (la de juzgar a la humanidad desde una posición que está por encima de la humanidad, en este caso, desde la conclusión de la historia; aquella posición en que descansa todo lo que la humanidad ha construido a lo largo de su desarrollo).
En virtud de lo anterior, pareciera que la tesis de Fukuyama no merece mayor atención, ya que nadie puede afirmar con semejante certeza que no hay nada más allá del capitalismo y de las democracias liberales. A menos que el señor Fukuyama haya viajado a todos los futuros posibles y visto con sus ojos que en el año 4 mil y en el 10 mil seguiremos igual, resulta imposible ser tan enfático en señalar que no hay formas mejores de organizar las sociedades (posiblemente en la sociedad esclavista o feudal jamás pensaron que podría existir otro modo de organizar la sociedad). Y, por lo demás, creer en que la historia tiene una conclusión, creer en una teleología, en que la historia se dirige a un destino, nos enreda en un problema religioso que nos aleja del problema real a resolver.
Ahora bien, desde una perspectiva materialista se entiende que un “conocimiento”, por mucho que sea ideológico, no deja de relacionarse con la formación social en el cual es producido y al final se constituye en algo objetivo. Marx mismo lo menciona al analizar las categorías de la economía burguesa, las cuales describe como “formas mentales aceptadas por la sociedad, y por tanto objetivas”, por mucho que dichas categorías fueran falsas u omitieran detalles respecto al doble carácter de la mercancía y respecto a la plusvalía.
Entonces, la idea de que la historia se acabó, pese a su absurdo, hoy encuentra cobijo en el seno de la formación social en la cual es producido y termina consolidándose como una idea dominante o, en palabras de Gramsci, siendo parte del “sentido común”. La idea de sentido común adquiere importancia sustantiva, pues si hablamos de una hegemonía aplastante de la tesis del fin de la historia no nos referimos necesariamente al debate de academia, de los intelectuales o de los políticos, sino que de una hegemonía que logra convertirse en el “sentido común” no de los actores mencionados, sino que de las masas, del pueblo. Y aquí no es necesario haber leído a Fukuyama, conocer sus argumentos y darle la razón. No es necesario que alguien diga explícitamente y con argumentos racionales “no hay alternativas”. Esto opera como lo que Slavoj Žižek llama los “conocimientos desconocidos”, cosas que no sabemos que conocemos o, en otras palabras; sabemos, pero no sabemos que sabemos.
La idea de que no existen alternativas al orden actual opera como un telón de fondo, como una obviedad social que ni siquiera es necesario hacer explícita, precisamente, porque es obvia. La idea que sustenta el apoliticismo y la indiferencia es precisamente la de que no hay alternativas. La respuesta clásica “da lo mismo quién gane, hay que trabajar igual” da cuenta de que no hay expectativas puestas en la política o en un proyecto de transformación; a la larga todo seguirá igual. Y seguirá igual porque las alternativas que existieron –en Chile la Unidad Popular, en el mundo la Unión Soviética- colapsaron y no llegaron a buen término, lo cual es el mismo argumento que usa Fukuyama para plantear su tesis. En síntesis: no hay un horizonte para la humanidad y esto nos lleva a una situación de nihilismo en la cual, sencillamente, no se cree en nada.
Esta ideología, esta falta de horizonte, no sólo se refleja en términos de alternativas políticas, sino que en todos los niveles de la sociedad, siendo un ejemplo claro el del arte. La producción artística hoy también está marcada por una creencia –consciente o inconsciente- del fin de la historia (del arte), reflejada en la idea de que ya todo está creado y que, por lo tanto, sólo queda inventar a partir de manosear lo ya existente, resaltar la idea de que “no se había hecho antes” como un mérito en sí mismo o bien de relativizar el concepto de arte. De esta forma tenemos que un “artista” puede exponer un urinario en una galería y es legítimo. O un pintor que expone manchas. Esta falta de horizonte se traduce, en el arte, en una absoluta carencia de ideas y en la mediocridad de ahorrarse un proceso de trabajo y producción, a través de decir que cualquier cosa es arte.
Lo mismo podemos ver en el campo de la teoría, en particular en ciencias sociales. El marxismo es un intento de comprensión global, de las sociedades como un todo complejo y es, por lo tanto, un proyecto muy amplio y que exige mucho esfuerzo y dedicación. Hoy los esfuerzos por una comprensión de la sociedad han abandonado la pretensión de globalidad y se conforman con estudiar aspectos particulares de ésta. Son las llamadas “teorías de alcance medio”. Y si bien alguien podría decir que tienen mayor poder explicativo que teorías globales, como el marxismo, el sociólogo chileno Enzo Faletto da cuenta con mucha precisión de la naturaleza o el interés detrás de estas teorías, al afirmar que las teorías de alcance medio eran para sociólogos de alcance medio. En otras palabras, se instala una mediocridad y una renuncia a intentar entender globalmente los problemas sociales y sus estructuras internas.
Para terminar, todo este nihilismo y mediocridad producto de la falta de horizonte se disfraza con un elemento muy característico de este momento actual y que me permitiré llamar con el término coloquial en que se le conoce: la venta de humo. Se dice que alguien vende humo cuando presenta una idea, un proyecto, un producto, o lo que sea, haciéndolo parecer como novedoso, lleno de cualidades, grandilocuente, cuando en el fondo no hay nada. Se vende una apariencia, no algo concreto. El humo lo vemos en el arte cuando al ver una mancha el artista “explica” y dice que representa “las contradicciones internas del hombre por salir en un mundo individualizado” o cualquier tontera que se le pueda ocurrir; lo vemos en las millones de conferencias que siempre se anuncian de “speakers motivacionales”; en el “couching ontológico”; en teorías de alcance medio ridículas como “la sociología de los cuerpos” y en toda una serie de productos pretenciosos que hablan en difícil para vender caro obviedades que todos saben (o abiertamente, para vender caro absolutamente nada). Todas estas manifestaciones sólo sirven al propósito de esconder la miseria de nuestra producción intelectual –artística, teórica, etc.- actual y de esconder el problema real que tenemos que ver los marxistas: el estancamiento real de nuestra teoría.

2.     El desafío: salir del callejón teórico sin salida

Anteriormente se había dicho que las masas no creen en alternativas porque éstas fracasaron, lo cual además es el sustento para la tesis del fin de la historia. Pero esto no es totalmente cierto. Hay que agregar también que, por otra parte, la izquierda revolucionaria no ha sido capaz de salir de ese fracaso, de emerger de sus ruinas con un proyecto teórico y político convincente.
Haciendo una genealogía esquemática, tenemos el siguiente proceso. Caen los proyectos socialistas en todo el mundo: la UP en Chile, el Muro de Berlín, la Unión Soviética. Derrota política. Esta derrota política da pie a instalar una idea de mundo, de que ya no existen alternativas, más allá del capitalismo y las democracias liberales. Derrota ideológica. La derrota política además permite que la teoría marxista se muestre como una teoría errada que conduce al fracaso, lo cual lleva a que los intelectuales abandonen la teoría marxista como herramienta de análisis social y recurran a otra serie de teorías de todo tipo. Derrota teórica.
Estas tres derrotas condicionan la posibilidad de volver a levantar una alternativa política marxista-leninista. Nos encontramos en una situación que Louis Althusser llamó “el callejón teórico sin salida”, para dar cuenta de las propias dificultades que encontraba la teoría marxista en su tiempo. Hoy nos volvemos a encontrar en un callejón sin salida, sellado por un lado con la experiencia histórica de la caída de los socialismos reales, por otro con el sentido común de que no existen alternativas y por otro, con el estancamiento o abandono de la teoría marxista-leninista.
En esta situación, de arrinconamiento, existen tres posibilidades. Las dos primeras, representan la claudicación; abandonar la teoría marxista-leninista. El primer abandono es el derechista, reflejado en las posturas de los “socialistas renovados”, principalmente el Partido Socialista y el Partido Por la Democracia y, en particular, por el grupo de dirigentes que en su momento participó en el MAPU. En ellos hay un abandono del marxismo, una renuncia a su poder explicativo, por la derecha. Es decir, rechazan el marxismo para abrazar lecturas de la realidad y posiciones políticas socialdemócratas –en el mejor de los casos- o abiertamente neoliberales. Esto explica el comportamiento de la Concertación durante sus 20 años a cargo del país.
Pero esa no es la única claudicación. También está la salida izquierdista, cuyo mejor exponente hoy en día es Gabriel Salazar. Formado en Inglaterra por historiadores liberales, Salazar hoy representa la izquierda que abandona el marxismo por considerarlo estrecho, insuficiente, incapaz de hacer una lectura de la realidad. Esta izquierda que, en otras expresiones, cae en teorías que podríamos llamar “de resistencia”, que siempre se plantean resistiendo a algo, pero donde no hay vocación de poder ni lecturas de la realidad. Teorías como la de “los cuerpos”, del “bio poder”, del “poder local” y todas esas siutiquerías que se plantean como alternativas radicales, en el fondo esconden el mismo defecto que la salida de derecha, que es el compartir su mismo sustento ideológico: el nihilismo provocado por la falta de horizonte producto del triunfo de las clases capitalista en el proceso global de lucha de clases durante el siglo XX. Entender que la sociedad, en el fondo, no cree en alternativas explica la debacle de los partidos de izquierda y de las apuestas políticas de izquierda, es decir, las propuestas de izquierda que apuestan a la obtención del poder político de Estado, en desmedro de estas alternativas de resistencia. Porque es importante señalar que, así como este sentido común se instala en las masas –en términos generales-, en el arte, es la teoría, etc., también se instala en la izquierda. Marx lo resume muy bien: las ideas dominantes en una sociedad son las ideas de la clase dominante. Y la sutileza de la ideología consiste en ser ese “saber desconocido” mencionado, es decir, instalarse en nuestras cabezas sin que siquiera nos demos cuenta.
La única forma de percatarnos de esta situación y de detenerla, es precisamente la tercera alternativa que tenemos frente al callejón sin salida: el desarrollo de la teoría marxista-leninista. En una frase hermosa y muy clara, Althusser señala que “los marxistas saben bien que ninguna táctica es posible si no descansa en una estrategia, y ninguna estrategia si no descansa en una teoría”. Es decir, para volver a articular un proyecto político marxista, que sea capaz de romper el lastre de la ideología del fin de la historia, necesariamente necesitamos desarrollar la teoría marxista. Esto quiere decir, leer, entender a Marx y a Lenin, entender su importancia revolucionaria y, a partir de esto, ser capaces de leer el presente de forma de entender los nuevos patrones de acumulación capitalista; los cambios en la estructura de clases y, por consiguiente, los cambios en la dinámica de la lucha de clases; las estrategias con las que las clases dominantes aseguran la cuota de ganancia y los dispositivos ideológicos con los que entrampan el quehacer de la izquierda.
La importancia de la teoría hoy está ahí y no puede ser menospreciada bajo los argumentos de la necesidad de dar las luchas políticas contingentes. Es cierto: la política requiere nuestros máximos esfuerzos y siempre nos va a estar exigiendo atención, compromiso y, a menudo, sacrificio. Pero estos esfuerzos serán en vano si no se realizan con una dirección, si no se realizan con un horizonte socialista. Y la recuperación de ese horizonte pasará, necesariamente, por el desarrollo de una teoría que sea capaz de destruir el mito ideológico del fin de la historia y de prevenirnos de los ataques e infiltraciones de la ideología burguesa en nuestra teoría, que han llevado a las renuncias de izquierda y de derecha. Distinguir eso es vital para establecer una línea de demarcación entre una práctica teórica y política verdaderamente revolucionaria y aquellas socialdemócratas o ultraizquierdistas, amparadas en toda clase de teorías de alcance medio y, sobre todo, expuestas con mucho humo.
Y si la pregunta es por qué esto pasa necesariamente por el desarrollo de la teoría marxista y no por su abandono –como argumentan especialmente los “ultras” tipo Salazar-, la respuesta debe ser clara. La práctica teórica marxista fue la única que fue capaz de dar cuenta del sustento material real de las sociedades y, en particular del capitalismo. Fue la única capaz de comprender la naturaleza del doble carácter de la mercancía, de la explotación y de la lucha de clases que se nos presenta de forma brutal en la historia y en la realidad. El leninismo, por su parte, es el esfuerzo por traducir ese inmenso arsenal teórico en una práctica política revolucionaria, que toma partido y apuesta a una transformación radical de la realidad, planteando la política como lo que es: lucha de clases con intereses antagónicos. Y, especialmente hoy, donde los vende humo y socialdemócratas son capaces de agarrar a Marx para depurarlo de sus consecuencias políticas y transformarlo en un autor “descafeinado”, Lenin nos permite recuperarlo devolviéndole su esencia radical usurpada, nos permite recuperarlo para la lucha de clases con el potencial teórico necesario para reconstruir un horizonte para la humanidad. Un horizonte socialista.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Malestar frente al gobierno argentino

Señor director:

En un editorial publicado ayer, se hace un llamado a que la administración de Cristina Fernández se abra a introducir cambios a fin de evitar la agudización del tono de las protestas.

Causa curiosidad que un llamado de semejante índole no se haya escrito ni una sola vez durante el año pasado, cuando en Chile había una situación, por lejos, de más efervescencia social. Por el contrario, todos los editoriales apuntaban a que el gobierno no cediera y se mantuviera el statu quo, mediante reformas que profundizaran el modelo.

http://www.latercera.com/noticia/opinion/correos-de-los-lectores/2012/11/896-493126-9-malestar-frente-al-gobierno-argentino.shtml

domingo, 1 de abril de 2012

El Matrimonio del Cielo y el Infierno (William Blake)

La voz del diablo (Fragmento)

Quienes reprimen su deseo son aquellos cuyo deseo es bastante débil para poder ser reprimido.
De este modo, el elemento restrictor o Razón usurpa el lugar del deseo y gobierna al abúlico.
Y una vez reprimido, se vuelve gradualmente pasivo hasta no ser sino la sombra del deseo.

La historia de esto se halla escrita en el "Paraíso Perdido", y el Dominador o Razón se llama Mesías.
Y al primitivo Arcángel, capitán de la armada celeste, se le llama Demonio o Satán, y sus hijos son llamados Pecado y Muerte.
Mas en el libro de Job, el Mesías de Miltoon se llama Satán.
Porque esta historia ha sido adpotada por ambos partidos.
A la Razón le parece que el Deseo ha sido expulsado, pero el Demonio calcula que el Mesías cayó y construyó un cielo con lo que le robó al Abismo.
Así está revelado en el Evangelio donde lo vemos rogar al Padre que le envíe el Consolador o Deseo, a fin de que la Razón tenga ideas para con ellas construir. -El Jehová de la Biblia no es sino aquel que viven entre llamas.
Sabe que, después de su muerte, Cristo se convirtió en Jehová.
Pero en Milton el Padre es Destino, el Hijo es la Razón de los cinco sentidos, y el Espíritu Santo es la Nada.

NOTA.-Milton escribió prisioner cuando habló de los Ángeles y de Dios, y en libertad cuando habló del Infierno y los Demonios, porque fue un verdadero poeta y, sin saberlo, del partido de los Demonios.